
Por más que hacia un esfuerzo, no podía recordar como pasó, no lograba procesar esa maraña de acontecimientos en los que de repente se encontraba inmersa. Era una pesadilla de la que nunca despertaría.
Sentía un extraño mareo y un vago sopor, como si alguien le hubiera dado alguna sustancia extraña que su organismo no lograba procesar. No podía fijar la mirada en nada, todo le resultaba doloroso, hasta los objetos que carecían de todo interés la lastimaban.
Parecía envuelta en tinieblas, oía voces que escapan a su entendimiento; no podía comprender cómo esas voces parecían no notar nada, y sin embargo ella podía percibir cómo el mundo giraba a velocidades vertiginosas sin poder hacer nada por detenerlo.
Como un juego inocente, poco a poco la había sentido involucrarse en sus vidas, como la noche que va cayendo muy lentamente y que de pronto nos deja a oscuras, ahora formaba irremediablemente parte de sus vidas, con una oscuridad absoluta, sin una sola estrella que pudiera enseñarle el camino.
Diríase que podía sentir su aroma, oír su respiración y el latido de su corazón, mientras que su propia voz se ahogaba y su corazón se convertía en una caja vacía. No podía fijar la mirada en nada, ya ni siquiera quería pensar.
Su vida que había construido con tanto esmero, tan lenta y placenteramente en tantos años, se le iba escapando, como si fuera agua que se deslizara entre sus dedos.
¿Cómo lo supo? ¿Quién sabe? Quizás fue una chispa que se encendió en su mente pero en todo caso, eso ya no importaba, podía sentir cómo frente a sus ojos un abismo colosal se abría, invitándola a entrar en él.
No sabía que podría encontrar ahí pero ya no tenía nada que perder. Decidió dejarse llevar, caminó con decisión hacia el abismo y dio un paso en el aire.
No supo ya más, de repente se encontró cayendo muy rápidamente, casi de forma placentera. El vértigo empezó a dar paso a una sensación de bienestar absoluta. Era el comienzo del fin… una nueva paz. Trató de aferrarse a ella.
Sylvia Vera
Abril 30, 2007
