
Muchos años habían pasado desde que se alejara de aquel lugar, de aquella gente… y ahora que veía la reseña en los diarios, no podía evitar sentir que todo se le revolvía por dentro. Nunca pensó volver a saber de ellos. Todo cuanto había sucedido había sido demasiado doloroso y ahora…
Realmente no tenía porqué ocuparse de ello. No era asunto suyo. Bien podía pasar la página y leer la siguiente noticia, pero esas imágenes lo habían transportado hacia su propio pasado, tres años atrás… cuando esa gente importaba en su vida, cuando su mundo giraba en torno a ellos, hasta que supo lo del robo.
Entonces nadie le había creído, pero ahora con lo del incendio… Estaba seguro de que no era un accidente. La empresa no funcionaba bien, posiblemente nunca fue un buen negocio y ahora valía más quemada. Si, estaba seguro de que el incendio había sido provocado.
Su mente estaba en blanco. ¿Qué hacer?. No tenía sentido ir a la policía para decirles que tenía un pálpito. A la policía no le gustaban los pálpitos… y no tenía pruebas. Además eran gente de dinero y podían comprarlo todo…
¡Si sólo hubiera sido la casa! Entonces no hubiera importado, aunque se saliesen con la suya y cobrasen el seguro. Pero esa pobre gente… ¡Era horrible! No podía dejar de pensar en los trabajadores, víctimas inocentes.
Empezó a tener pesadillas. Podía ver a esos hombre y mujeres llagados y sangrantes, con trozos de carne chamuscada colgándoles mientras se arrastraban hacia él, implorándole que hablara. Tenía que sobreponerse. No podía pasar por ese infierno por segunda vez. Se hizo el propósito de olvidarlo, de no pensar más en ello. Debía seguir con su vida.
Pocos días después nuevas noticias. La compañía de seguros solicitaba que se abriera una investigación. Podía ser un caso típico de sabotaje y la cosa era grave. Había muchos muertos. Los dueños podían ir presos por el asesinato de los empleados.
¡Dios mío, haz que aparezcan las pistas! !Que esto no quede impune! Trató de recobrar su tranquilidad pero las pesadillas eran recurrentes. Diariamente se levantaba muy temprano y compraba todos los periódicos.
No encontró en ellos nada que mejorara las cosas. Al contrario, podía sentir la presión invisible sobre la opinión pública. Muchos personajes de altura en la elite social y política escribieron artículos o fueron entrevistados. Sus declaraciones tenían siempre el mismo corte. Era un desatino lo que la policía estaba haciendo: señalar a personas tan respetables de la sociedad. ¿Porqué no se ocupaban de la delincuencia?
Hasta las familias de los trabajadores, llenos los bolsillos, declararon que los patronos eran muy buenos, los habían ayudado mucho. En cambio la policía… ella no hacía nada por proteger al pueblo, por eliminar a los azotes de barrio.
Se acercó a la jefatura. Le habían dado el nombre de un funcionario que no era corrupto. Pidió cita y solicitó hablar en privado. El hombre escuchó sin interrumpir. Silencio. Por fin el funcionario habló. Había oído de su caso hacía tres años. Entonces no se había armado tanto alboroto, pero tampoco ahora tenían pruebas. La policía trabajaba con hechos. Hacían cuanto podían. Había que esperar.
Lo mandaron a su casa. Tenía que dejar las cosas en manos de la policía y de la justicia. Además, una acusación sin pruebas podía acarrearle muchos problemas. Pudiera ser él quien terminara preso, había dicho el funcionario. Esta era gente muy influyente. Se fue descorazonado. No podía hacer más. Una gran impotencia y una terrible desolación lo invadían.
Pocos días después leyó en los periódicos. La policía había encontrado pruebas. El incendio había sido producido por el descuido de un empleado, pero el hombre había muerto. Se había rehusado a declarar. Estaba armado, había intentado huir... murió en el tiroteo. El caso se cerraba. La compañía de seguros procedería con la indemnización.
Sylvia Vera
