domingo, 27 de mayo de 2007

El Gnomo de los Dientes de Colores


Todos los días pasaba lo mismo, la hora de dormir era un tormento. Mamá ya no sabía que hacer para que las niñas se acostaran temprano, pero esta vez parecía aún peor. Esto era porque los primos –Andrea y Alex- habían venido a dormir y claro, las pequeñas se negaban a dejar la diversión.

Todos estaban locos de alegría; jugaron y corrieron toda la tarde, hasta que fue hora de comer y bañarse. Luego mamá les propuso jugar un rato más y les recordó que la hora de dormir era a las 9 de la noche. ¡Tan temprano! Porque? -preguntó Andrea. Porque mañana hay que levantarse temprano –le respondió su tía. Qué fastidio, justo cuando comenzaba la diversión! -reclamó Alex. Mañana podrán seguir jugando y... trató de explicar cuando las pequeñas la interrumpieron: pero mamá...!

Ante tantos reclamos mamá les dijo que podían quedarse jugando un poco más tarde pero a condición de que a las 10 de la noche se irían a dormir sin chistar. Bueno, está bien! contestaron todos.

Siempre que uno se divierte el tiempo pasa volando, y cuando mamá entró para anunciar que eran las 10, las quejas volvieron a empezar. Ya es tarde, dijo mamá. Ay tía, déjanos un rato más, pidió Alex.

Miren niños, es mejor que se acuesten ahora mismo, porque a las 11 de la noche despierta el gnomo, dijo la mamá. Quien?, preguntaron las pequeñas. Es una historia muy larga... Cuéntanosla, por favor... pidieron todos. Bueno, si se quedan tranquilos se las contaré:

El gnomo es un hombrecillo, no más alto que un lápiz y tiene un diente de cada color. Duerme durante el día pero debe salir en la noche pues se alimenta con la luz de las estrellas. Es muy sensible y le encanta observar a los niños cuando duermen.

Y porqué nunca lo he visto? -preguntó Alex desconfiado. Porque no le gusta ser visto. Pues yo hoy me quedaré despierto para verlo -siguió el niño. No creo que esa sea una buena idea – advirtió su tía – el gnomo es de temer cuando se enoja. Dicen que sus dientes se vuelven negros, luego crece y empieza a hacer maldades.

Alex exclamó: tú si inventas, tía. No, no es un invento –aclaró su tía- esto me lo contó alguien que vio al gnomo cuando tenía ocho años. Quién? -preguntaron las niñas. Mi abuelita, que es la bisabuela de ustedes – respondió mamá.

Empezó nuevamente un revuelo de risas pero mamá los interrumpió y les recordó la hora de dormir. Andrea, que ya era una señorita, fue la primera en despedirse para que sus primitas siguieran el ejemplo, como en efecto hicieron. Sólo faltaba Alex que no tuvo más remedio que obedecer.

Pero como era un niño muy curioso, sólo se acostó. Permaneció bien abrigado bajo las sábanas, en un silencio absoluto. Cuando su tía entró a la habitación, creyó que los cuatro se habían dormido.

Era la medianoche cuando Alex vio un extraño arco iris que se movía, acompañado de un delicado tintineo como de pequeños cascabeles. Sentía algo de temor, pero su curiosidad, más fuerte que el miedo, lo hizo levantarse de la cama.

Se acercó a la luz sigilosamente y pudo ver al gnomo. Era en efecto, un gracioso hombrecillo que tenía en sus dientes el arco iris más bello que hubiera visto jamás.

Estaba tan sorprendido y maravillado que olvidó lo que su tía había dicho. Sin querer hizo algo de ruido y el gnomo se sobresaltó. En ese instante, sus dientes empezaron a oscurecerse y con una expresión que aterrorizó al pobre niño, se abalanzó contra él y lo atrapó.

En pocos minutos, la extraña criatura lo había transportado, sin que él supiera cómo, a un extraño y oscuro lugar. Ya no era un gnomo gracioso, sólo un gigantesco monstruo que lo miraba en forma horrible y vociferaba incongruencias. Alex estaba paralizado y no le entendía nada... él no sabía que los gnomos de dientes de colores hablan en una lengua extraña que sólo puede ser entendida por gnomos y hadas.

El niño no sabía cómo salir de su apuro. Sólo se le ocurrió rezar a su ángel de la guarda. Su abuelita siempre le decía que todos los niños tienen un ángel guardián que los protege de todos los males. Entonces, con gran sentimiento rezó para sí mismo y prometió a su ángel que no desobedecería más.

La emoción de su oración fue tan fuerte que en un segundo se vio transportado a su cama, justo cuando el reloj marcaba las 10:50 de la noche. Muy apurado, decidió que lo mejor que podía hacer era dormirse.


Al día siguiente, cuando contó lo sucedido, todos menos su tía, creyeron que había sido un sueño.





Para mis sobrinos con amor
Mayo 6, 2001