domingo, 27 de mayo de 2007

El Dragón de Chatarra


Era tímido, excesivamente tímido. Más de lo que cualquiera podría imaginar. Un hombre demasiado simple, con una vida gris. Pasaba desapercibido en todo momento y realmente él no quería otra cosa. Su vida era muy tranquila… casi todo el tiempo. Se levantaba muy temprano, antes que el gallo, a bañarse, vestirse, tomar un ligero desayuno. Nada de leer el periódico, aunque lo recibía diariamente. No tenía tiempo. Debía salir de madrugada, antes de que el ruido de la ciudad despertara a la bestia.

Después de esta pequeña rutina, venían el sudor frío y los temblores. Entraba muy calladito a la cochera. A esa hora el Dragón todavía dormía. Apenas un leve tintineo de llaves para abrir la portezuela pero sin siquiera cerrarla: primero debía colocar la llave en el encendido.

El Dragón era muy dormilón… afortunadamente, porque de eso se valía nuestro pobre amigo para abordarlo aunque no sin temor. Le encantaba correr a toda velocidad, comerse los semáforos y pasar por donde era prohibido. Su mayor diversión era lograr que la policía lo persiguiera… lo cual no era difícil. Pero siempre se las arreglaba para deshacerse de ellos, a pesar de los desesperados intentos del hombre por mover el volante en la dirección correcta o por intentar frenar cuando las sirenas sonaban con loca desesperación detrás de él.

No contaba esto a nadie. Podrían pensar que era un demente... no, no podía hacerlo. Se limitaba a pagar la multa sin decir palabra. Ya lo conocían, porque las amonestaciones eran regulares. No se las daban personalmente, eso era imposible. Pero el envoltorio amarillo era demasiado familiar, como también lo era su contenido. Entonces tomaba un autobús e iba a la Inspectoría. La cajera no podía creer que aquel hombre de aspecto tan tímido pudiera merecer tantas multas. Pero no preguntaba.

Todos los días se repetía el vértigo de ese viaje sin ruta definida. Sólo cuando a la bestia estaba a punto de acabársele la energía, ésta parecía tranquilizarse. Ella sabía que dependía de él para recuperarla. Además, le divertían sus reacciones, sabía que a este punto él estaba asustado a morir. Era entonces cuando el hombre podía acercarse, temblando, a un pequeño estacionamiento no muy cerca de la oficina. Necesitaba esa distancia para calmarse, caminar muy lentamente e ir recobrando su serenidad habitual.

Todos se extrañaban de porqué, teniendo carro, el hombre caminase casi seis cuadras para llegar a su trabajo y más aún, no lo utilizase para ninguna otra cosa. Alguna vez algún compañero se animó a preguntarle, pero su vaga respuesta y sus balbuceos de idiota sirvieron para que nadie más se interesara en el asunto.

Al salir del trabajo, la cosa era distinta… sólo al principio. El Dragón parecía tener agotadas sus energías y se mantenía como adormecido por el calor. Era hora de su recarga y debía mostrarse dócil hasta llegar a la estación de gasolina. Aún así, él le tenía terror y le costaba mucho reunir el valor que necesitaba para iniciar su camino de regreso a casa.

Pero primero, la parada obligatoria en la estación de servicio. Revisión de agua, aceite, aire y una pequeña recarga de combustible: sólo un cuarto de tanque… no tenía mucho dinero. Su trabajo de oficinista no le permitía gastar tanto. Después, ya era tiempo de regresar a casa.

El regreso era peor. A esa hora, la ciudad era una maraña de carros y la gente parecía enardecida por el cansancio y el hambre. Este era el momento preferido por el Dragón porque a esa hora, el hombre estaba aún más asustado que en la mañana. Tenía miedo de chocar, o peor aún, de hacerle daño a alguien. Pero esto nunca sucedía; el Dragón se cuidaba mucho de ello. No por altruismo ni mucho menos por miedo. En realidad era porque intuía que si sucedía, el hombre no le recargaría sus energías perdidas y era capaz de caminar hasta el trabajo.

Pero ese día algo pasó… el Dragón no calculó bien la distancia que lo separaba de ese gran muro de paja. Y hubiera podido seguir en su loca carrera de no ser porque la paja al soltarse del montón, no le permitió orientarse bien. Por primera vez en su vida, Dragón frenó bruscamente, pero aún así sintieron el golpe.

Algo se rompió y la bestia no pudo seguir moviéndose. Fue una bendición, porque el hombre sentía un espantoso dolor aunque no podía precisar en qué parte de su cuerpo. Llegó la ambulancia y estuvo unos días en el hospital. Le notificaron que su vehículo estaba retenido por la Inspectoría de Tránsito y que para recuperarlo tenía que solicitarlo y pagar más multas.

No quería ver a los ojos de esa temible bestia… ni sentir el reclamo de sus enormes faros exigiéndole que lo reparase para volver a llevarlo diariamente a su trabajo. ¡Volver! Le dio terror tan sólo pensarlo.

Sabía perfectamente lo que tenía que hacer, o al menos eso creía. Tenía miedo de que volviese a ocurrir, miedo de volver a abordar a aquel monstruo. Sabía que no tendría dinero para comprar otro. Eso significaba que se pasaría el resto de su vida viajando en autobús para ir al trabajo y lo mismo para volver a casa. Pero su miedo fue más fuerte.

Los días transcurrieron con demasiada tranquilidad. Nada sucedía. Las cosas no eran tan buenas como él lo había imaginado. Pensó que al olvidarse de la bestia sus problemas se acabarían pero no fue así. Un buen día, al pasar por el pasillo de ascensores de la gran torre, se detuvo por primera vez. Se horrorizó al descubrir a aquel extraño usurpando su imagen. No podía ser él… y sin embargo lo era. Un viejo cansado, demacrado y lleno de canas. Era más que gris... su imagen le hablaba de un hombre que estaba desapareciendo, convirtiéndose en una espesa sombra negra.

Después del primer impacto pudo salir de su aturdimiento. Sólo entonces consiguió entender... darse cuenta de que las únicas emociones que había sentido en los últimos años eran esos locos paseos con el Dragón. La bestia, a su manera le había proporcionado la única alegría a su gris existencia.

Tomó una decisión. Fue a la Inspectoría de Tránsito y reclamó su vehículo. Le costó una fortuna. Tuvo que pedir prestado a su padre que le dio el dinero más por remordimiento que por amor filial.

Pero al fin lo obtuvo. Reclamó el vehículo. Casi no pudo reconocerlo, parecía sólo una masa amorfa. Buscó desesperadamente sus faros. Fue la primera vez que se miraron. Se reconocieron con muda alegría.

El hombre le devolvió su aspecto y la bestia le devolvió al hombre su vida. Ya no se levantaba temeroso del Dragón... se levantaba muy temprano, antes que el gallo para correr sus locas aventuras, con una nueva intensidad. Y después de varias horas de trabajo, miraba su reloj con impaciencia, esperando que las manecillas le indicaran la hora de salida.

No fue más el hombre gris que interrumpía su jornada diaria con paseos de pesadilla. Había aprendido a disfrutarlo y a vivir una nueva vida.

Sylvia Vera, al dragón que vive en mí

Marzo 10, 2001