domingo, 27 de mayo de 2007

La Niebla


Caminaba muy lento, como si su cuerpo le pesara horriblemente. Trató de moverse pero la espesa niebla que lo rodeaba se lo impedía. No lograba siquiera verse a sí mismo y no sabía donde estaba. Percibía sonidos confusos que lo aturdían y tuvo la esperanza de escuchar voces humanas. Agudizó el oído pero sólo pudo captar sonidos difusos que no logró descifrar.

Más que caminar se arrastró y a tientas trató de buscar alguna forma que le fuera familiar. Tenía la vaga esperanza de encontrar algo más o mejor aún, de encontrar a alguien más. Con dificultad pudo distinguir unas extrañas sombras y figuras deformes que parecían flotar entre la niebla. Trató de extender sus manos para tocarlas, pero las formas parecían huir del contacto humano. Eran como espectros andantes que habitaban aquel horrible lugar.

Se dio cuenta de que nada allí le podría ser familiar y sintió la necesidad de escapar, de alejarse cuanto antes de ese mundo bizarro. Un frío de muerte le recorrió la espalda. No era capaz de soportar por mucho más tiempo la espantosa sensación de sentirse solo, rodeado de esos extraños seres.

¿Cómo llegó hasta allí? No podía recordarlo. Quería volver. Pero, ¿a dónde? Se sintió confuso. Trató de ordenar sus ideas pero el terror le impedía pensar mientras las espantosas figuras empezaron a rodearlo, acercándosele cada vez más. Empezó a sentirse ahogado. Dentro de poco no podría respirar.

Sonó un timbre lejano y las formas empezaron a desvanecerse y fueron desapareciendo una a una a través de un hilo de luz, entre extrañas carcajadas y sonidos incoherentes. Quizá esa era la salida, pero… ¿si no lo era? ¿Y si volvía a quedar encerrado con los mismos espectros? Tenía que arriesgarse. No podía ser peor que esto. La niebla subía cada vez más y ya empezaba a sentirla entrando lentamente en su cerebro.

Se volvió bruscamente buscando esa luz, pero cuando logró llegar a ella, su intensidad lo encegueció. Corrió a ciegas sin saber hacia donde ir y sin dejar de sentir la niebla envolviéndolo cada vez más fuertemente. Estaba exhausto pero no podía detenerse. Si lo hacía, la niebla se tragaría su cerebro y quizá se convertiría en una de esas figuras que tanto terror le inspiraban.

Siguió corriendo, atravesando toda serie de extraños lugares. Estaba temblando y sentía sus ropas totalmente húmedas cuando llegó al fin hasta una pequeña habitación que le pareció familiar. Cayó al piso, agotado y muerto de miedo y entró en un profundo sopor. La niebla se disipó y una sonrisa se asomó a su cara, cuando pudo verse a sí mismo en medio del más hermoso de los paisajes.


Sylvia Vera, Para mi abuelita Rosa, este sencillo adiós...

Junio 6, 2001