
Estaba muy orgulloso de sus condecoraciones, de todas ellas. Cada una representaba para él, un momento brillante de su carrera militar. Las había mandado a colocar en una gran vitrina, especie de museo casero donde podía lucirlas.
Entre ellas había un distintivo que le era particularmente querido. Un distintivo que condensaba en sí el significado de todas las demás y que por eso ocupaba un lugar privilegiado de su pequeño museo.. Era su insignia, el escudo que por tantos años llevara y que lo acompañara a lo largo de toda una vida dedicada al ejército. En ella se condensaban sus logros y triunfos militares. La había llevado siempre con orgullo y ahora que estaba retirado, el solo verla le permitía revivir los buenos y los malos momentos pasados en los cuarteles, las largas jornadas de campaña entre plagas y un sin fin de incomodidades.
Era un hombre recio y se vanagloriaba de ello. Eso era parte de ser militar. Para él los sentimentalismos no tenían un espacio en su vida y la única emoción que parecía permitirse era el sentarse en su gran escritorio, rodeado de todos sus nietos, a contar las anécdotas de sus campañas militares.
Sus nietos lo miraban asombrados cuando cada sábado por la tarde, el abuelo se sentaba a contar sus aventuras y les mostraba una a una las condecoraciones recibidas. Pero la parte que más les gustaba era cuando al terminar de repasar todas las medallas, vestía su gorra militar y lucía su insignia con visible orgullo.
Con el pasar del tiempo, el general fue sintiéndose cada vez más cansado y las revistas pasadas a las condecoraciones fueron espaciándose cada vez más. Incluso empezó a pensar en la muerte como una posibilidad cercana. Le preocupaba no tanto su patrimonio ni sus muchas propiedades, sino el decidir en manos de quién dejaría su más grande tesoro: la vitrina con todo lo que contenía y especialmente su insignia.
Mandó a llamar a sus nietos y acudieron los cuatro. Pero él no quería que su legado pasara a manos de una mujer, así que se reunió sólo con los tres varones. En realidad ninguno de ellos tenía especial interés en el museo del abuelo. A todos les había divertido escuchar sus historias durante su infancia, pero a medida en que se fueron convirtiendo en adultos, tomaron este afán del anciano por una de sus excentricidades de viejo y lo escuchaban pero sin mayor interés. Incluso habían sentido una especie de alivio cuando los relatos comenzaron a espaciarse. Tenían otras preocupaciones en mente: la novia, los hijos, el estudio…
Sin siquiera pensar mucho en lo que decía, el mayor de ellos le propuso que las repartiera entre todos ellos. Ya él vería después como convencer a su esposa de dar a las condecoraciones un sitio de importancia en casa. Sin dar tiempo a que el abuelo reaccionara el segundo nieto expuso que él no tenía un lugar fijo donde estar porque su carrera le exigía viajar continuamente y no podía responsabilizarse por semejante tesoro.
El anciano sin mostrar ninguna reacción le preguntó al tercer nieto. El muchacho no sabía que decir. No quería herir a su abuelo, pero lo cierto es que, al igual que sus hermanos, él tampoco podía quedarse con ellas. Estaba por casarse, se iría a vivir al exterior y el armatoste de vitrina junto con todo ese arsenal de medallas no harían más que estorbar en el viaje.
Acostumbrado a contener sus emociones, el general dio por terminada la reunión. No podía dar crédito a lo que sucedía y necesitaba tiempo para pensar en lo que haría. Al salir de su despacho, su nieta se le acercó y con mucha humildad le pidió hacerse cargo de su tesoro. Pero las medallas debían pasar a un descendiente varón y en consecuencia su nieta quedaba descartada y sin nadie a quien heredar su tesoro, el abuelo decidió esperar a que sus nietos varones reflexionaran.
Pasó el tiempo sin que el tema de las condecoraciones volviera a tocarse hasta que un día el abuelo enfermó gravemente. El anciano apenas podía articular palabra y no tenía ya la lucidez de hacía algunos años. En medio de sus malestares y de su desesperación de moribundo, retomó el tema que había quedado pendiente. Entonces, haciendo un esfuerzo preguntó a sus nietos si habían reflexionado sobre el asunto. Los muchachos lo habían olvidado por completo y no sabían que responderle. El general entonces, temiendo que las condecoraciones ganadas con tanto esfuerzo se perdieran, decidió que serían repartidas entre todos ellos y prefirió no saber en manos de quién quedaría su insignia.
Nadie se atrevió a contradecirlo. Reinó un silencio absoluto hasta que su nieta, que no había sido invitada a esta pequeña conferencia, pidió nuevamente al abuelo hacerse cargo del tesoro. Visiblemente emocionada le explicó la importancia que tenían para ella y cómo cada vez que pasaba delante de la vitrina, la invadía una emoción muy grande al ver entre ellas la orgullosa insignia.
En un último momento de lucidez, ya en su lecho de muerte, el abuelo indignado expresó su rechazo a semejante idea. Sus fuerzas se iban agotando rápidamente y ya no lograba reconocer a nadie. No volvió a articular palabra. Con su muerte, los nietos se sinceraron. Ninguno estaba interesado en las condecoraciones y decidieron que su hermana debía quedarse con ellas ya que tanto las amaba, pero el abogado intervino. El general, lo había prohibido expresamente no solo en su lecho de muerte, sino en su testamento. Así, el tesoro fue dividido, y después del reparto de bienes, poco a poco las condecoraciones fueron a caer en manos de anticuarios y vendidas una a una. La primera en venderse fue la insignia.
Sylvia Vera
Junio 9, 2001
