
Se lo entregaron hacía muchísimo tiempo. En ese entonces era un trabajo muy sencillo pero hermosísimo y estaba confeccionado con los hilos más puros y brillantes que jamás alguien hubiese visto. Delicado y frágil, lo vistió desde el primer día.
Al principio lo llevaba sin mayor conciencia, tan naturalmente como se lleva una piel. Cierto que con sus primeras travesuras se rasgó alguna que otra vez, pero su madre se lo remendaba con el mayor de los cuidados sin que el remiendo se notara; sino por el contrario, parecía crecer y enriquecerse a medida que ella también crecía.
Pasaron los años de su infancia más rápido de lo que se esperaba y el encaje se convirtió en un hermoso manto totalmente labrado y decorado ahora con la más fina pedrería. Y es que la niña también se había convertido en una hermosa mujer, para quien todos auguraban éxito y riquezas.
Se sentía como recién salida de un cuento de hadas, al punto de estar convencida de encontrar a su príncipe azul y sumar el amor, la riqueza y la distinción a su natural belleza.
Se las arregló para mezclarse con lo mejor de la sociedad. Asistió a todo tipo de eventos y bailes que los grandes señores ofrecían, siempre luciendo su hermoso encaje, con el que maravillaba a todo el que la veía.
Gastó todo lo que tenía en trajes de fiesta, exquisitas joyas e impresionantes obsequios, hasta que no le quedó ya nada para gastar y se detuvo por un momento.
Entonces vio su encaje. Se dio cuenta de que había perdido algo del brillo que tuvo siempre, pero no le dio importancia. Debía ser a causa del tiempo: había escuchado que el tiempo quita brillo y pone amarillentos los colores, así que se quedó tranquila.
Sin mucho dinero, no podía hacer gran cosa, pero se las arregló para que la gente no lo notara. Empezó por vender todo lo que pudo y escondió el encaje debajo de su abrigo de pieles. Había perdido gran parte de la pedrería y tenía en algunas partes unas horribles manchas. No quería que la fealdad del manto opacara su belleza y podía compensar su falta luciendo joyas y pieles.
Cuando no le quedó más por vender, empezó a robar. Al principio eran cosas pequeñas: un adorno, un vestido, una cartera, mientras su encaje ya todo manchado empezaba a llenarse de pequeños agujeros sin que ella misma se diera cuenta. Pero estas pequeñas cosas robadas no le proporcionaban el dinero que ella necesitaba. Necesitaba aún más.
Entonces robó... robó cuanto pudo y a quien pudo, mientras su encaje iba perdiendo primero pedacitos de hilo y luego trozos enteros de sus formas más hermosas.
Un día le echó una mirada y a pesar de su corazón endurecido, no pudo evitar sentir un gran asombro al comprobar que del bello trabajo que al principio fue y de la riqueza que contenía, no quedaba gran cosa. Ya no era más que un trapo viejo, amorfo y sucio que no le servía para nada.
Sintió un enorme asco y se arrancó lo que le quedaba del encaje. En ese mismo instante, lo vio elevarse ante sus ojos, tal y como lo vistió por primera vez. Movido por una extraña fuerza, el encaje se iba embelleciendo y enriqueciendo hasta su máximo esplendor para luego ir perdiendo rápidamente todo su encanto. Cuando volvió a ser el trapo sucio que arrojó, la joven se desplomó sin vida.
Sylvia Vera, A la justicia… si existe.
Junio 6, 2001
