domingo, 27 de mayo de 2007

El Empleado


Siempre metido en sus libros: antiguas novelas, viejos cuentos llenos de polvo y fantasía. Iba y venía con su tesoro en un maletín del que no se separaba. Cuando tenía unos minutos de descanso, se le podía ver enfrascado en la lectura, devorando historias, totalmente abstraído. Ningún ruido podría haberlo sacado de su concentración. Diríase que vivía más metido en su lectura que en la vida misma.

Cuando no había tiempo para leer, los mantenía muy cerca de su cuerpo. A veces mientras resolvía algún asunto de trabajo, acariciaba alguno de ellos, como si de esa manera su magia pudiera tocarlo. Una magia que sólo le pertenecía a él. No dejaba a nadie acercarse a su tesoro, como si el contacto humano pudiera ensuciar su mundo fantástico.

Sus superiores no veían con buenos ojos estas rarezas. Pero no tenían nada que reclamar. Nunca dejaba trabajo pendiente y sin embargo… De alguna manera él los hacía sentir en un segundo plano, como si nada ni nadie importara en aquel lugar.

Parecía que asistía mecánicamente, como movido por una ínfima parte que lo conectaba con el mundo exterior. Como un enchufe invisible que lo hacía funcionar, permitiéndole cumplir cada una de las actividades que le encomendaban… las mínimas posibles. Llegaba siempre puntual. Participaba en las reuniones a las que era citado. Llevaba su agenda en forma impecable. No se iba si faltaba algo por hacer. Nunca hubo necesidad de llamarlo a su casa pero…

Al principio esta forma impecable de trabajar era lo que más les había gustado. Era fabuloso tener a un empleado que nunca faltaba y que cumplía perfectamente su trabajo, sin distraerse y sin quejarse. Poco a poco fueron dándose cuenta de que en realidad no era interés ni concentración. Su forma de actuar era la de una máquina… excepto cuando abría su maletín. Su contenido era lo único que despertaba su interés.

Fastidiados, los jefes lo llamaron aparte. No podía seguir trabajando pegado a ese bulto. Claro que podía traerlo pero debía dejarlo en su oficina, especialmente cuando había reuniones. La gente murmuraba sobre su conducta. Tenía que entender…

El hombre no se inmutó. Solicitó unos días a cuenta de sus vacaciones. Pensaron que buscaría otro trabajo. No fue así. Volvió con la misma actitud de antes… esta vez llevando una pequeña caja metálica. Al principio no entendieron qué podía contener, pero el trato dado era el mismo que al viejo maletín.

Lo observaron atentamente. La caja contenía varios diskettes para computadora. Dedujeron que debía haber pasado a ellos buena parte de la información de sus libros. Esperaron unos días. Como esta vez dependía de una máquina, a lo mejor los terminaba dejando. Pero el hombre no se desprendía de ellos. Tocaba la cajita como para asegurarse de que seguía allí y acariciaba cualquier diskette al azar.

Volvieron a llamarlo. No querían parecer quisquillosos pero lo de la cajita era aún más raro que lo del maletín. No había entendido lo que se le había indicado. No debía traer ni maletín, ni cajita, ni carpeta ni nada.

Nuevamente el hombre se mantuvo imperturbable. Solicitó más días a cuenta de sus vacaciones. Los jefes se preguntaban si esta vez podrían dar por terminado el asunto. Si… parecía que sí.

Sin bulto ni caja el hombre regresó a trabajar como si nada hubiera cambiado. La única diferencia estaba en su forma de vestir. Llegaba siempre con una chaqueta que no se quitaba en todo el día, aún con el calor más insoportable. Lo observaron como si estuviese debajo del microscopio. Lograron ver que llevaba un disco compacto de datos. No estorbaba, no se veía extraño, no despertaba murmuraciones. Pero se sentían burlados. Era una cuestión de honor.

Por tercera vez fue llamado. Esta vez no hablaron. Sin advertencia alguna, le abrieron la chaqueta y tomaron el disco antes de que el hombre pudiese reaccionar. Lo destruyeron. Luego le pidieron que volviera a su trabajo. Esta vez habría entendido bien el mensaje.

El hombre permanecía como anclado al piso. Estaba extremadamente pálido y parecía tener dificultad para respirar. Apenas podía moverse. Dando tumbos, casi sin poder controlar sus propios movimientos, logró regresar al trabajo. Hizo enormes esfuerzos por concentrarse pero sentía como si los resortes de su mente hubieran saltado en desorden. No lograba coordinar sus ideas. Cayó al piso y por unos segundos perdió el sentido. Cuando logró recuperarse, salió como pudo de aquel lugar sin volver a mirar atrás...


Sylvia Vera

Junio 13, 2001