
Cada año, pájaros de todo tipo se reunían alrededor de un precioso lago. Ese año habían llegado Águila, Golondrina, Colibrí, Gorrión, Canario, Papagayo, Flamenco, Búho, Pelícano y Cigüeña.
El agua era especialmente fresca y era el lugar preferido por todos, no sólo para beber sino también para satisfacer sus vanidades. Todos, excepto Búho, Pelícano y Cigüeña, trataban de parecer el más atractivo de los pájaros y todos mostraban lo más bonito de sí mismos: Águila su porte majestuoso, Golondrina su aterciopelado plumaje negro, Colibrí su peculiar forma de volar, Gorrión su suave plumaje marrón, Canario su melodiosa voz, Papagayo sus brillantes colores, Flamenco sus bellas tonalidades rosadas.
Búho no gustaba de alardes pero su inteligencia era suficiente motivo para inspirar respeto. Pelícano era demasiado modesto pero a todos les parecía tan graciosa la bolsa donde guardaba su comida! Pero Cigüeña... la pobre! no inspiraba respeto ni simpatía y por eso todos se burlaban de ella y hasta le retiraron el saludo; sólo el sabio Búho trataba bien a Cigüeña. Los demás no entendían por qué un ser tan inteligente se rebajaba para saludar a la insignificante Cigüeña y cuando le preguntaban, él sólo contestaba:
- “Todos tenemos algo especial; ustedes tienen belleza, gracia o elegancia, yo sabiduría. También Cigüeña debe tener algo que ofrecer”.
Búho tenía una curiosidad insaciable –por eso era tan inteligente- y decidió investigar sobre la Cigüeña. Ya en la Biblioteca, pudo comprobar que en efecto era un pájaro sin mayor gracia ni atractivo. Pero esto no le satisfizo, debía haber algo más. “Sí, aquí está!” –sonrió satisfecho mientras leía- “La Leyenda de la Cigüeña” “mmm... una leyenda, qué interesante”. Decía que las Cigüeñas eran las encargadas de traer los bebés al mundo, así que si alguien quería un bebé sólo tenía que hablar con ella; lo demás sólo Cigüeña lo sabía. Búho se quedó pensando. “Es sólo una leyenda, pero quizás...”.
Los animales sabios son también justos. Por eso Búho fue a ver a los demás pájaros y les contó sobre la Leyenda de la Cigüeña, pero ninguno le creyó.
Pasó el tiempo y la belleza y frescura de los pájaros parecía empezar a opacarse. “Mi plumaje no es ya tan brillante”, dijo preocupada Golondrina. “Estoy perdiendo práctica en mis piruetas”, declaró Colibrí. “Mi voz parece desobedecerme por momentos”, comentó Canario. “Oh! mi plumaje rosado...”, se quejó Flamenco. “He perdido suavidad en mis plumas” murmuró Gorrión. “Mi porte no tiene ya su aspecto majestuoso” comentó Águila. “Mi colorido es menos brillante” chilló Papagayo.
Cada uno tenía una preocupación y hasta el modesto Pelícano tuvo que admitir: “Mi bolsita de comida está debilitándose. Me estoy poniendo viejo y quisiera tener un pelícano bebé -agregó- quizás debo ir a hablar con Cigüeña”.
Todos lo miraron espantados. “ Visitar a la horrorosa Cigüeña!” dijeron casi al unísono. “Debes haberte vuelto loco” gritó Papagayo. “No creerás los cuentos de Búho!” dijo Golondrina. “Serás el hazmerreír del lago” sentenció Águila. Todos hablaban al mismo tiempo pero Pelícano estaba decidido.
Así, se fue a la casa de Cigüeña. Toc, toc, toc, tocó a su puerta. “Adelante” contestó serena Cigüeña. “Buenos días señora Cigüeña” saludó tímidamente Pelícano. Cigüeña levantó su largo pico y lo miró atentamente. “Buenos días señor Pelícano. Qué lo trae por aquí?”, preguntó. “Pues... Bueno... He venido a pedirle su ayuda... –dijo titubeando. Verá usted, Búho nos contó sobre la leyenda... es decir sobre los bebés... bueno, yo me estoy poniendo viejo y... bueno, usted sabe... un pelicanito me sería de gran compañía...” Estaba muy nervioso, pero tomó fuerzas y concluyó. “Quisiera saber si usted puede ayudarme”.
“Puedo” contestó sencillamente Cigüeña. “Pero un bebé es algo muy especial y delicado. Sólo puedo dárselo a quien tenga un corazón puro y libre de malos sentimientos”, agregó.
“Qué debo hacer?” preguntó Pelícano. Cigüeña respondió: “no gran cosa, sólo asegurarse de tener limpio su corazón y ser amable y cortés con todos. Lo demás es sencillo. Claro, si está dispuesto...” “Lo estoy” dijo Pelícano. “Vuelva a su casa y espere un mes. Pasado ese tiempo, tendrá a su pequeño Pelícano” contestó Cigüeña.
Pelícano regresó a su casa y contó a sus amigos sobre su conversación con Cigüeña, pero ellos volvieron a criticar su credulidad e incluso agregaron “sólo un tonto le haría caso a Cigüeña”, “ya verás que se burlará de ti”. Sólo Búho permaneció callado.
Diariamente a media mañana todos los pájaros iban al lago a beber agua. Búho era siempre el primero en llegar por que le gustaba observar. Cigüeña en cambio llegaba al final y se quedaba poco tiempo; y es que no era agradable sentir las burlas de los otros sobre sí pues todos –menos Búho- se reían de ella. Pero esta vez, al llegar Cigüeña, Pelícano la trató cortésmente. Nadie podía creerlo!
Pasó el tiempo y al cumplirse el mes, Pelícano se despertó con un suave gorgojeo. Creía estar soñando pero... no lo estaba! Tenía delante de él un pequeño pelícano, con su plumaje despeinado y aun torpe al andar. Sin perder tiempo, y loco de alegría fue con su bebé a casa de Cigüeña para darle las gracias. Luego se fue al lago para alimentar a su Pelicanito que casi chillaba de hambre y no parecía dispuesto a esperar.
Era un espectáculo verlo meter su piquito en el agua para luego sacarlo sin un solo pez en su bolsita. A cada intento recogía una piedrita o algún caracolillo. Su papá Pelícano con todo amor le iba enseñando a buscar su comida y limpiaba con infinita paciencia su pequeña bolsita que insistía en llenarse de algas y arena. Después de tanto trabajo Pelicanito estaba agotado y parecía ser la hora de volver a casa para descansar.
Mientras tanto, los demás iban llegando al lago para beber y acicalarse, a la vez que intercambiaban los últimos chismes del día anterior. Todos se extrañaron de no ver a Pelícano: él nunca faltaba.
“Qué día es hoy?” preguntó Colibrí. “A qué te refieres?” contestó Canario. “Bueno – dijo Flamenco- creo que ya ha pasado un mes...”. “Tú también?” interrumpió Águila. “No creerán en esa tonta leyenda!”, exclamó burlonamente Papagayo. “Porqué no vamos a visitar a Pelícano?” dijo Golondrina.
Todos estuvieron de acuerdo y ya cerca de casa de Pelícano, pudieron oír un suave gorgojeo. “Qué fue eso?” preguntó con asombro Gorrión. “Suena como un bebé!” asomó Canario. “No puede ser...!” exclamó Golondrina entrando precipitadamente.
“Shhhh” dijo suavemente Pelícano. “Silencio, que acaba de dormirse”. Todos observaban la escena sin poder salir de su asombro. “Cómo conseguiste ese bebé? Cuándo llegó?” Todos preguntaban al mismo tiempo. “Calma, calma! –contestó Pelícano- llegó esta mañana: cuando desperté, él estaba a mi lado”.
“Entonces no sabes cómo llegó aquí?!?” preguntó Águila. “Claro que lo sé!, -respondió Pelícano- Cigüeña lo dejó a mi lado mientras yo aún dormía.”
Todos se miraron inquietos pero no se atrevieron a decir una palabra. Cuando volvieron al lago, Flamenco rompió el silencio: “nos equivocamos! La leyenda era cierta y Búho tenía razón!”. “No digas disparates!”, exclamó Colibrí. “Eso fue tan sólo una casualidad”, concluyó Gorrión. Pero Flamenco mantuvo su punto de vista y agregó: “Todo sucedió como Cigüeña dijo... y si Pelícano pudo tener un bebé, yo también quiero intentarlo”.
Así fue como Flamenco también fue a visitar a Cigüeña, y mientras él hablaba, Cigüeña mantenía silencio y lo miraba fijamente. Entonces Flamenco admitió: “Sé que no me he portado bien con usted y me arrepiento. Por favor, ayúdeme!” Cigüeña habló a Flamenco de la misma forma en que había hablado a Pelícano y le puso las mismas condiciones.
Cuando Flamenco regresó a su casa, contó a todos lo sucedido. Esta vez Búho dijo: “quizás ahora se hayan convencido de que la Leyenda es cierta”. Pero no lo estaban y contestaron ásperamente que no querían volver a oír del asunto.
Flamenco empezó a tratar a Cigüeña con amabilidad y respeto y al pasar los días hasta se hicieron amigos. Un día Flamenco –que era muy impaciente- le dijo a Cigüeña: “porqué hay que esperar todo un mes para un bebé? Es demasiado tiempo!”. “La paciencia es necesaria para tener un bebé” contestó ella.
Al cumplirse el mes, tal como Cigüeña había indicado, Flamenco tenía un hermoso bebé flamenco. Ya no había dudas y cuando los demás pájaros lo supieron, celebraron una reunión de emergencia.
“Cigüeña es la que trae los bebés” señaló Canario, “Pues yo quiero el mío”, reclamó Golondrina. “Sí, debe darnos un bebé a cada uno”, siguió Gorrión. “Vamos a exigírselo”, sugirió Colibrí. “Sí, es su obligación” aclaró Águila. “Vamos, no perdamos tiempo” dijo Papagayo.
Todos fueron muy decididos, haciendo sus exigencias a Cigüeña: “Queremos un bebé como Pelícano y Flamenco”, empezó Gorrión. Cigüeña trató de explicarles: “Un bebé es algo muy especial...“. Pero Golondrina lo interrumpió: “Deja de decir tonterías y empieza a hacer tu trabajo”. Cigüeña trató de continuar: “Sólo puedo dárselo a quien tenga el corazón...” Esta vez intervino Águila: “Sólo puedes dárselo a quien te lo exija y esos somos nosotros!”. Cigüeña volvió a intentarlo: “Vuelvan a su casa y esperen...” Colibrí no la dejó continuar: “No vamos a esperar un mes!”, “tienes tiempo hasta mañana!” terminó Papagayo.
Cigüeña vio que con ellos todo era inútil, hizo un gesto para callarlos y con una extraña expresión en su mirada dijo “Sea, tendrán lo que merecen: vuelvan a sus casas y mañana por la mañana habré cumplido mi trabajo! Ahora, fuera de aquí!”
Todos regresaron a sus casas. A la mañana siguiente, Cigüeña había cumplido su trabajo, pero... que horror! Los bebés eran pequeños pájaros monstruosos con cuerpo de cigüeña y partes de águila, golondrina, colibrí, gorrión, canario y papagayo. “No podemos aceptar esto” dijo Águila. “Esa tonta Cigüeña...” empezó Gorrión “Tiene que arreglar esto!” continuó Golondrina. “Sí, qué se habrá creído” gritó Papagayo. “Nadie puede burlarse así de nosotros” declaró Canario.
Fueron corriendo a casa de Cigüeña pero la casa estaba vacía y sólo pudieron encontrar una nota que decía: “He cumplido mi trabajo, les he dado lo que merecían. Me voy puesto que ya no tengo nada que hacer aquí.”. Se oyeron espantosos gritos en el lago, pero nadie pudo hacer nada.
Sylvia Vera, A la humanidad
Mayo 5, 1999
