
Se sentía terriblemente hastiada, aunque no había motivo para ello. Su vida era tan lineal… reuniones, conferencias, entrevistas presentaciones… similares expresiones en todos los rostros. Y en casa… en casa no había caras que ver, sólo las mismas paredes vestidas con los mismos cuadros a los que ya veía con tedio.
Sin alegrías ni tristezas que cambiaran esa monotonía, transcurría día tras día, mes tras mes, año tras año, sin más diferencia que otra arruga o una cana más que cubrir. Era una mujer exitosa, brillante. Su empresa se había convertido en referencia obligatoria en el mundo de los grandes negocios. Era un hito en el mercado inmobiliario. Su solo nombre servía para vender cualquier propiedad.
Tenía todo lo que podía desear y más. Y sobre todo, gozaba de una libertad plena. No tenía que rendirle cuentas a nadie y sus únicas responsabilidades se centraban en su empresa y en ella misma.
Era la envidia de su círculo de amigas, quienes siempre debían estar pendientes de la comida, la vacuna del niño o las agobiantes tareas… ¡Qué felicidad no haber tenido que pasar por todo eso! Nunca lo había deseado. No podía verse a sí misma en el deprimente papel de ama de casa, esposa y madre abnegada. Su profesión fue siempre lo más importante. No podía, no quería sacrificar sus viajes de negocio, sus largas reuniones o la preparación de su próxima publicación.
Definitivamente esta era la vida que tanto había anhelado. El papel de madre le hubiera quedado apretado. Su vida era perfecta a no ser por ese amargo sabor que le dejaban su cumpleaños,
En esas fechas se revolvían en su interior sus más recónditos recuerdos de la infancia. Trataba de detenerlos pero llegaban implacables a su mente, haciéndola sentir sola y vacía. Sí, tenía que aceptarlo, su soledad la abrumaba. Quizás si se casara… Por primera vez en su vida, semejante posibilidad asomaba a su mente. Sí, eso era exactamente lo que haría. Pero no quería vivir como sus amigas. No tendría hijos. Eso estaría en el contrato.
Ahora que estaba decidida, había que buscar con quién. Había tenido muchos pretendientes, tantos que ya no podía enumerarlos. Pero ahora todos ellos estaban descartados. Los que no habían parecido un mal negocio en su momento, ahora estaban casados.
Debía tener mucho cuidado. Era una mujer rica e importante. Su pareja no podía lucir menos. Perfeccionista como era, anotó en un papel las cualidades que debería tener su futuro esposo. Empezó a observar a todos los posibles candidatos e hizo una lista de nombres. Uno de ellos sería el afortunado.
Su comportamiento varió sutilmente. Empezó a coquetear, a comprobar compatibilidades a través de pequeños flirteos. Algún periodista malintencionado asomó la noticia en los diarios. La diosa del reino inmobiliario buscaba esposo.
Ella no se inmutó. Ni siquiera se preocupó por desmentir la noticia. Sin perder la compostura, aprovechó el infeliz comentario para conocer más hombres. Su lista se había agotado y necesitaba buscar más prospectos. Hizo una nueva lista.
Poco a poco fue tachando a todos hasta que sólo quedó uno. Cumplía con casi todas las cualidades y requisitos anotados en su viejo papelito: adinerado, buen pedigree, atractivo… hasta era culto según había podido comprobar. Salieron unas pocas veces, las suficientes para decidir que sería un marido perfecto.
Era una mujer de decisiones rápidas, acostumbrada a conseguir todo lo que se proponía. Le planteó el asunto. Era algo prematuro… No, la idea no le desagradaba pero apenas se estaban conociendo…. Tendrían suficiente tiempo mientras se preparaba el gran acontecimiento.
Empezó a hacer los preparativos para el matrimonio. Un evento de esa magnitud requería de varios meses. Todo debía quedar perfecto. No debía descuidar ningún detalle. Le habló de la separación de bienes y también del contrato prenupcial. ¿Contrato?… ¿para qué un contrato? No debía preocuparse, ella se haría cargo de todo.
Dio las indicaciones del caso. Sus abogados tendrían que apurarse. Aún había muchos detalles por arreglar. Esto sería agotador. El contrato debía redactarse cuidadosamente. El novio empezaba a sentirse un poco incómodo. Más que una boda le estaba pareciendo que cerraba un negocio.
Los preparativos avanzaban rápidamente. Era una mujer eficiente. Los abogados de la novia querían saber si el novio tenía condiciones que incluir. No, no las tenía… no lo veía necesario. El borrador estaba casi listo. Los abogados del futuro esposo debían leer cuidadosamente todas las cláusulas.
El contrato… el novio simplemente no lo entendía. Para él la familia era muy importante, pero en el contrato decía…debía haber un error. Consultó a los abogados. No, no había error. La novia había dado instrucciones muy precisas.
El novio insistió. Seguramente los abogados habían malinterpretado las indicaciones de la novia... solía suceder. La buscó. ¿Qué quería? No podía entrar. La tradición decía que no podía ver a la novia con su traje de bodas.
Además tenía una reunión pero antes debía terminar de decidir sobre la lista de bodas y quería definir quiénes integrarían el cortejo. ¡Faltaban tantos detalles! ¿Hijos? ¿Qué hijos?
La novia lo miró incrédula. Ella no veía cuál era el problema. No, no estaba dispuesta a cambiar de opinión. ¿Porqué no firmaba el contrato y se dejaba de bobadas? No, no lo firmaría... La boda se cancelaba. ¡Pero si ya se habían entregado las invitaciones!
Desolada dejó de lado los preparativos. Debía pensar en cómo daría la noticia a la prensa. Se quitó el traje de novia y volvió a vestirse de empresaria.
