domingo, 27 de mayo de 2007

El Escritor


Ningún pensamiento real en su mente... nada que lo conectara con el resto del mundo. Su cerebro era como una gigantesca naranja que alguien estuviera exprimiendo. Con cada cuento terminado se iba vaciando lentamente. La realidad se le escapaba y en su lugar un mundo de fantasías y hechizos, de personajes irreales y lugares fantásticos lo iban invadiendo lentamente.

No podía dejar de escribir. Una fuerza más poderosa que él lo obligaba, doblegando su voluntad, impidiendo que pudiese volver alguna vez a la realidad. Así, hilaba un cuento con otro, sin saber exactamente donde empezaba uno o terminaba el siguiente, hasta que al caer la noche quedaba exhausto.

Ya no le quedaban amigos. Enfrascado como estaba en su mundo irreal, no sentía los ruidos del mundo exterior así que no abría la puerta ni contestaba el teléfono. Su mujer hacía inútiles esfuerzos por sacarlo de su marasmo, pero apenas lograba hacerlo comer o dormir.

Con el sueño la cosa no mejoraba. No reposaba. Su mente era un hervidero de personajes, de ideas y situaciones fantásticas. Entonces tomaba una hoja y su vieja pluma y hacía fluir a través de ella un torrente de imágenes literarias. Como en un trance, seguía escribiendo mientras un mar de papeles llenos de una letra menuda se apilaban a un lado.

Alguna vez su mujer, a fuerza de insistir, había logrado sacarlo de la casa. Pero bastaba cualquier imagen sin aparente importancia para que el hombre, ensimismado, empezara a gestar nuevas ideas. Entonces escribía en cualquier parte y no quedaba otro remedio que darse por vencida y volver a casa. Las pocas veces que esto sucedía, la fiebre de escribir parecía invadirlo con más furia.

Llegó el momento en que la buena mujer se cansó. No podía seguir llevando esta vida anormal, junto a un loco que apenas sabía que ella existía. Preparó sus cosas y fue a despedirse de él. Por apenas unos instantes el hombre recobró su lucidez, pero la situación le inspiraba nuevas historias y no podía detener su mano. Sin despedirse de ella, se dio la vuelta y volvió a sus papeles. Invadida por una profunda tristeza, la pobre mujer se fue.

Dos días habían pasado y el hombre en su delirio no se había acordado de comer ni de dormir. Estaba flaco y demacrado. En pocas horas la fiebre de escribir había adquirido matices de realidad. Su cuerpo fue invadido por una serie de temblores. Sudaba copiosamente y no podía fijar la mirada.

Movido por estas nuevas sensaciones, el hombre retomó sus escritos, esta vez con más furia. Mas que nunca puso toda su mente y corazón en su pluma. Pasó toda la noche sin detenerse ni por un instante, como movido por invisibles resortes. Apenas podía sentir su mano. La fiebre iba aumentando. Sentía que en cualquier momento perdería el conocimiento. Hizo un último esfuerzo. Unas líneas más y terminaría.. Cuando hubo volcado todo lo que tenía dentro, expiró...


Sylvia Vera

Junio 12, 2001