domingo, 27 de mayo de 2007

La Novia


La vida era maravillosa. En unos pocos días. con sólo un tronar de dedos, cualquier deseo que viniese a su mente podía hacerse realidad. Si, el mundo era suyo y pensaba disfrutarlo plenamente. ¡Había esperado tanto! Sólo algo más de tiempo, otra copa más. ¡Brindemos! ¡Por el futuro!

Si, el futuro... porque el pasado quería borrarlo por completo de su memoria. No entendía como había podido vivir tanto tiempo al margen de esa abundancia y no quería ni recordar todo lo que había tenido que pasar para sobrevivir. Siempre contando los reales para comer, escondiéndose de los acreedores y hasta hurgando en los bolsillos de algún transeúnte descuidado para poder salir de un apuro.

Su último golpe había valido la pena. Gracias a él pudo comprarse ese vestido tan lujoso. El viejo jamás se hubiera fijado en una harapienta. ¡Y se veía tan bien en sus trajes elegantes! El vestido de novia le quedaba como un guante. Ya se ocuparía de venderlo después. Ahora sólo debía sonreír y lucir esplendorosa para ese montón de imbéciles que el anciano había insistido en invitar... ¡Dios mío, otro brindis! !Por los novios!

Mientras brindaba, su mente bullía. Si... los cálculos le habían salido muy bien. Había sido como un juego de niños conquistar al viejo decrépito. Casa, carro, viajes, las más lujosas joyas, ropas finísimas, los más exquisitos perfumes, los más suculentos manjares y todo, todo lo que pudiese desear, pero sobre todo una jugosa cuenta bancaria. Esto y quizás más en tan sólo pocos días. Casi no podía esperar, el tiempo se le hacía eterno y ya veía desfilar delante de sí todos esos objetos maravillosos.

Empezaba a sentirse mareada pero ¡qué importaba! Hoy podía darse ese lujo. Sus planes eran una realidad y ya podía sentir sus manos hundiéndose en esa piscina llena de hermosos papelitos verdes. Y había más. Todas esas propiedades, acciones y hasta el seguro de vida que el ingenuo anciano había insistido en tomar. Hoy podía emborracharse. ¡Otro brindis! ¡Por los novios!

No podía dejar de bailar. Estaba ebria de alcohol y de felicidad. Esa noche se la concedería al viejo. La única noche. Después... ya lo tenía todo planeado. Sería la viuda más rica y hermoso de todo aquel maldito lugar. Otro baile y otro brindis. No dejaba de reír.

Poco a poco los invitados se iban marchando. Empezaba a amanecer y los desmanes de la novia borracha incomodaban a los de la alta sociedad. Bueno, peor para ellos, porque al final debían acostumbrarse a ella, a la heredera. ¡Más champaña mesonero!

Pronto en los salones sólo quedaron los novios y por supuesto la servidumbre, pero ésta no contaba. Estaba sola con el viejo. Lo observó por unos segundos. Parecía más que nunca una vieja momia. Sentía un asco incontrolable pero aún no era dueña absoluta del lugar. Debía seguir con la farsa unos días más. Sólo hasta deshacerse del viejo. Pero ahora no se sentía capaz de subir con él a la habitación. Una copa, sólo una copa más y quizás no le importara lo que pasaría después.

Quiso dar un paseo por los jardines. El mareo era tan fuerte que podía sentir su propio cuerpo tambaleándose de un lado a otro. El mayordomo la escoltaba. Tenía instrucciones precisas. No podía fallar, la ocasión era perfecta.

De repente sintió que su cuerpo se elevaba y luego se hundía. Debía estar en su piscina de dinero... ¡Por fin! No recordaba haber pasado la noche con el viejo, pero eso no le importaba. Invadida por una inmensa felicidad, se zambulló.

Al día siguiente, todos los periódicos reseñaban el acontecimiento. Nadie había podido salvar a la infortunada que en su estado de embriaguez había saltado a la piscina y perdido el conocimiento. El mayordomo había quedado fuera de toda sospecha. Todos vinieron a darle el pésame al viejo.


Sylvia Vera
Junio 11, 2001