domingo, 27 de mayo de 2007

El Juego


Poco a poco su mundo se había ido desmoronando. Como la gota que cae sobre la piedra consumiéndola lentamente. No podía recordar como ni cuando había empezado todo. El tiempo se detenía y volaba con la misma facilidad. Había perdido toda capacidad para disfrutar de la vida, para compartir libremente con otras personas. Veía enemigos por todos lados. Las sombras lo acechaban día y noche sin darle tregua.

Todo se había volteado. Quizás había ido sucediendo poco a poco. Quizás él debió estar más alerta y prevenir el engaño. Pero no lo había hecho. Había caído sobre su alma como el hacha del verdugo. Vanamente intentaba buscar una explicación.

No siempre fue así. Al principio eran tres construyendo una vida. Tres trabajando juntos para salir adelante, para levantar a sus familias y tener un futuro asegurado. Hombro con hombro, cada piedra de su empresa había sido puesta por todos... con el mismo afán, con la misma ilusión con que un niño arma su primer rompecabezas.

Después vino la crisis. Las ventas eran cada vez más difíciles. A veces había días enteros en los que no se vendía absolutamente nada. Otras, la gente ni siquiera entraba a preguntar. Entonces hicieron un esfuerzo juntos. Renovaron el lugar. Nueva decoración, más mercancía, publicidad. Todas las ideas eran bien recibidas y se sentía un ambiente de total camaradería.

Nada de eso mejoró la situación. El país estaba paralizado. Se hablaba de un golpe de estado y todos esperaban una fuerte devaluación. Muchos comercios empezaron a hacer grandes liquidaciones, como si se hubieran puesto de acuerdo. Ellos no... decidieron aguantar hasta que pasase el vendaval. ¿Porqué? Nunca lo pudo entender. Había sido el único en oponerse. Para él, era mejor retirarse a tiempo que afrontar una quiebra más adelante.

Fue la primera gran desavenencia. Quizás allí empezó todo... sí, debía ser así. Algo se fue resquebrajando... Al principio de manera imperceptible, luego... era como si una sombra maligna lo cubriera todo.

Un juego siniestro se fue gestando sin que él mismo pudiera darse cuenta. Poco a poco descubría nuevos robos, más falsificaciones, pequeñas estafas, pero no podía conectarlas directamente con ellos. Los tres parecían seguir compartiendo el rechazo hacia esos actos. Así, empezaron a atribuir las irregularidades a los empleados. Varios fueron despedidos. Ellos mismos se ocupaban del asunto... mostraban mucha celeridad. Pero algo en todo aquello le empezaba a producir un profundo malestar.

Nunca había pruebas y las circunstancias en que ocurrían los sucesos eran siempre tan extrañas... Siempre alguno de los socios descubría al ladrón o aparecía salvando lo poco que quedaba. En ocasiones hasta pusieron prestado de su bolsillo... para que la compañía no se paralizara decían.

En este punto se encontraba, totalmente desesperanzado, lleno de asco, rabia y desconfianza. Sentía una fuerte opresión en el pecho y una terrible sensación de angustia que no lograba quitarse de encima. Estaba encerrado en un círculo en el que voluntariamente había entrado... todo lo que quería era huir, escapar de aquello y recuperar un poco de su tranquilidad.

Hizo enormes esfuerzos por serenarse. Debía pensar, fijar una estrategia. Su cerebro se negaba a razonar. La depresión era muy fuerte. Sabía que debía cambiar de rumbo aunque eso significara dejar atrás toda una vida de trabajo... arrancar de su alma sus sueños y esperanzas para arrojarlos a la basura. Era tan difícil...

Como pudo se armó de valor. Debía seguir su rutina, aparentar que no sabía nada. Lenta y mecánicamente empezó a recopilar pruebas. Como un imán captaba datos sobre comisiones, cheques extraviados, mercancía no inventariada... ¡Eran tantas las irregularidades! No era tarea fácil. Debía estar en permanente estado de alerta. No podía perder detalle.

Pronto se sintió fuerte. Ya tenía suficientes armas con que combatir en esta lucha sin sentido. Llamó a su abogado de confianza. Circunstancias, eso era todo lo que él veía. Si, claro, había indicios de malos manejos que quizás pudieran comprometerlos pero no servirían de gran cosa ante una corte. Lo mejor era llegar a un arreglo. Sintió un terrible peso en el alma.

Mostrar sus cartas era perderlo todo y no estaba dispuesto a aceptar eso. No le quedaba otro camino que entrar en el juego sucio que solapadamente se había iniciado. Tuvo que jugar usando sus mismas armas.

Trabajó por la quiebra de la empresa con el mismo ahínco con el que había trabajado por levantarla. Fue desmantelando una a una cada piedra colocada, cada sueño invertido. Ellos no parecían notar nada. Estaban demasiado ocupados en lo suyo y no podían percibir cómo la anunciada quiebra iba entrando lentamente por la puerta principal.

Ya no quedaba más que una propiedad. Había llegado el momento de plantear el asunto. Vendiéndola podría cortar con el último nexo que existía y así salir de la trampa.

Descubierto el asunto, su reacción fue peor que su actuación. No entendían a qué venía tanto alboroto... no había ninguna irregularidad... había sido sólo un juego. Además, siempre se habían entendido tan bien pero ahora él estaba tan cambiado...

Al fin la propiedad se vendió. Logró recuperar buena parte de lo suyo. Ya no tenía nada más que hacer allí. Recogió los pedazos de su alma y se alejó de aquel lugar.


Sylvia Vera

Junio 21, 2001