domingo, 27 de mayo de 2007

Identidad


Disfrutaba de cada segundo de su vida: del aire fresco sobre su rostro, de la lluvia cayendo sobre su piel, de los rayos de sol penetrando como un bálsamo en su corazón. No recordaba haber sido tan feliz como ahora. En realidad no recordaba nada antes de esos meses y tampoco quería hacerlo. Sentía en lo profundo de su corazón que si trataba de buscar respuestas, lo que encontraría no le gustaría, o peor aún, lo cambiaría todo.

No es que viviera exactamente como un vagabundo, aunque muchos hubieran dicho que sí. Lo que sucedía era que no tenía ningún lugar fijo donde vivir, ni mucho menos un trabajo. Tampoco familiares, no los conocía. Pasaba el día recorriendo el mundo, disfrutando con cada detalle que la vida le brindaba.

Cómo vivía? En plena libertad. No daba ni pedía explicaciones a nadie. Compartía con la gente, era amable especialmente con los niños, pero no se involucraba con nadie. Vivía con el loco afán de llenarse los sentidos con la naturaleza. Respirar, correr, jugar con ella. Era ella quien lo dotaba de comida. Se alimentaba con frutas de árboles silvestres e improvisaba pequeñas fogatas en las que asaba algún conejo desprevenido.

Para las otras cosas materiales recurría a su ingenio. No robando, eso jamás le hubiera pasado por la mente. Tampoco pedía limosna, no era un mendigo. Cuando necesitaba algo, hacía algún trabajo rápido. A veces se le veía lavando un carro o reparando una cerca. Otras, participaba en pequeñas obras de teatro o escribía cuentos que algún oportunista firmaba como suyos.

Lo poco que ganaba en esas ocasiones le servía para comprar lo básico, aquello que la naturaleza, por más generosa que fuera no le podía brindar: algo de ropa, jabón... Lo que le sobraba no lo guardaba. Se iba a las plazas públicas donde siempre conseguía a alguien necesitado y se lo daba.

Vivió así unos pocos meses, quién sabe cuantos. Ni él mismo llevó la cuenta: al principio porque no tenía noción de nada; había simplemente aterrizado en ese modo de vida sin saber como. Luego porque el reloj lo hacía sentir amarrado, preso de dos agujitas implacables que pretendían mandar sobre su vida.

De vez en cuando inevitablemente se preguntaba quien era él o como había empezado a vivir esa vida maravillosa. No era fácil esconderse de su pasado y a veces retazos de recuerdos acudían a su mente sin que él mismo pudiera detenerlos. En esos casos, recordaba vagamente detalles que le hablaban de una vida de abundancia, con miles de ocupaciones que le daban más la sensación del ocio que del verdadero trabajo.

En alguna ocasión, movido por la curiosidad paseaba cerca de las grandes mansiones como para averiguar si sus recuerdos eran simples fantasías o si había en ellos algo que lo conectara con su misterioso pasado. Ninguna de las que había visto le resultaba familiar y al cabo de pocas horas el asunto quedaba olvidado.

No leía los periódicos. No porque no supiese leer. Era más bien que no le interesaban las noticias. Sentía que ese folletín de papeles sucios era tan esclavizante como el reloj o el dinero. Las pocas veces que lo había hojeado le hicieron sentir un profundo asco. Sólo había en ellos dolor y muerte, gente vendiendo sus cuerpos, basura y miseria por todas partes.

Una de esas veces en que por casualidad cayó un periódico en sus manos, descubrió en ellos el rostro de alguien demasiado parecido a él como para no llamarle la atención. Sólo que este hombre era mucho mayor. Sin poder evitar la curiosidad, empezó a leer...

La foto en cuestión era la de un millonario que había sido asesinado hacía pocos días. El periodista hablaba de un hijo que había desaparecido misteriosamente y al que buscaban para dar lectura al testamento.

Sintió una mezcla de angustia y curiosidad. No era un cobarde. Quería seguir la vida que estaba llevando pero no podía darle la espalda a su propio pasado. Debía enfrentarse a sí mismo, aunque ello significara caer en manos de los asesinos.

Se dio unos días de tiempo... unos cuantos días para ordenar sus ideas, para saber lo que haría cuando se enfrentara con esa gente. En ese poco tiempo hizo algunos trabajos y cuando se sintió preparado, se compró un traje y se preparó para el viaje.

Al llegar a la gran mansión sintió que el corazón se le encogía. Cada piedra de esa vieja casona le era familiar. Sus recuerdos empezaron a brotar como un manantial, pero eran sólo imágenes sin nombres. Tuvo que detenerse un momento y respirar profundamente antes de tocar el timbre.

Del otro lado de la puerta, un hombre que no parecía agradado con su llegada, lo hizo pasar. Dentro se celebraba una reunión familiar. El ambiente era gélido. Ningún rostro amable se levantó. Nadie parecía estar feliz con su presencia. Algo dentro de él le dijo que conocía a cada uno de los que estaban allí, pero no podía recordar sus nombres ni mucho menos que parentesco podían tener con él.

Se identificó como el hijo del difunto. Reinó un silencio sepulcral. Como movidos por invisibles resortes, fueron saltando uno a uno, llamándole impostor y ladrón. No era más que otro oportunista que trataba de adoptar la falsa identidad de su pariente desaparecido... Una anciana que había permanecido en silencio mandó a callar a todos. Con una mirada de acero le dijo que debía probar que él era su nieto... si es que lo era.

Los siguientes días los pasó en un sinnúmero de interrogatorios sobre sus padres, acontecimientos familiares, fechas importantes, datos y más datos. Las sesiones eran agotadoras y se le hacían interminables. No pudo responder bien a la mayoría de las preguntas.

Los abogados deliberaron. No parecía ser el hijo extraviado. Era imposible que no recordara absolutamente ningún dato familiar. Mientras tanto, preso en esa gran jaula de mármol, el joven salió a dar un paseo. Por los alrededores encontró a una mujer anciana y pobre que lo saludó con mucho cariño y respeto. Un rayo de ternura entró en su corazón. Aquella mujer surgía de entre sus recuerdos como un ángel guardián.

Los abogados lo llamaron. Definitivamente no era el heredero. Más le valía que desapareciera o tendrían que meterlo preso por impostor. El joven sonrió, buscó a la anciana y le dio un beso. Luego se alejó de allí para siempre, aliviado y feliz.

Sylvia Vera

Junio 12, 2001