domingo, 27 de mayo de 2007

La Presencia


Etérea... siempre muda. Se sentaba diariamente a su lado. Podía sentirla cerca sin necesidad de invitarla. Transparente guardián, parecía recoger fielmente los pedazos de su alma.

No era esa figura tenebrosa y huesuda con la que inevitablemente era asociada. Era mas bien una vieja amiga, siempre sonriente. Alguien con quien compartir un cálido silencio. Una presencia que apenas podía percibirse pero que la reconfortaba, haciéndola sentir como si hubiera un mundo paralelo.

Mundo bizarro que le resultaba cálido y seguro. Donde las tinieblas se convertían en luz y el silencio en delicioso abrigo. Tan diferente de este otro mundo donde el brillo era opaco y el calor helado.

Fiel amiga que enjugaba dulcemente sus lágrimas con la promesa de un mundo mágico, que borraba sus temores y desasosiegos, que acompañaba sus horas de soledad llenando sus minutos de esperanza y su alma de libertad.

Muda, serena, amorosa, esperando el momento oportuno para tomarla de la mano y conducir al fin su alma al hogar donde había vivido desde siempre, al lugar de la eterna fantasía, donde podría sentirse protegido para siempre de todo contacto con la realidad.


Sylvia Vera

Mayo 22, 2002 – Mayo 27, 2007

El Vacío


Como un castillo de naipes, podía ver cómo se desplomaba su mundo. Tan sólo un soplo de viento había logrado lo que el tiempo no había podido hacer.

Parecían tan lejanos esos días en que soñaban con construir algo juntos, algo tan suyo, tan sólido…Por mucho tiempo tuvo la convicción de que no había fuerza en el mundo que pudiera destruir esa unión.

Ahora sólo quedaba un sueño, un dulce sueño del que estaba despertando. Así, de repente se enfrentaba con un mundo ajeno, hostil, una realidad que no deseaba ver, que hería lo más profundo de su ser.

De la noche a la mañana, nada parecía tener sentido, estaba perdido… Buscaba un refugio pero no podía hallarlo, perecía haberse esfumado… en su lugar, sólo encontraba un enorme vacío que le dejaba una profunda sensación de soledad.

El miedo, la desesperanza empezaban a acompañarlo a todas partes, como dos fieles amigos. El tiempo conspiraba contra él, parecía marcar insistentemente cada segundo, como queriendo prolongar su agonía.

No sentía ya ilusión, no tenía sueños. Su esperanza había desaparecido, su alma iba vaciándose tan lentamente como avanzaba el reloj. Ya ni siquiera le importaba todo aquello que iba perdiendo… sólo quedaba un cuerpo sin alma, un caparazón vacío, un dolor más terrible que la muerte…


Sylvia Vera

Mayo 25, 2007

El Infinito




Apenas un insignificante punto en el universo. ¿Cómo puede ser que dentro de él se escondan tantas tormentas, tanto dolor?

Quizás eso es lo que está mal: es mucha pequeñez para abarcar tanto peso. Es como si el infinito se hubiera encaprichado por caber en una nuez.

¿Dónde están mis hadas que no vienen a mi rescate? ¿Porqué hoy no siento su fantasía ni el bálsamo de su magia?

¿Dónde están mis ángeles que no acompañan mis largas horas de dolor, que no calman mi atormentado espíritu?

¿Dónde está Dios que parece que se me esconde porque no lo puedo sentir en el alma, y en su lugar siento una herida profunda y mortal?

No quiero blasfemar, no quiero nada, no pido nada… Tan sólo necesito sentir su presencia, entender que éste momento es necesario. Debe serlo cuando está sucediendo…

Necesito borrar de mi alma la soberbia de pensar que tengo derecho a saber por qué y aceptarlo, dejarme llevar y quizá así pueda comulgar con ese infinito. No tratar de abarcarlo sino simplemente integrarme a él.


Sylvia Vera

Mayo 3, 2007

Reflexiones sin Amanecer


Sola, completamente sola en medio de tanta gente… Cada quien en lo suyo, sin nadie que responda una mirada, llevando mi mundo a cuestas.

Cada día que pasa no sé si es una victoria o un nuevo dolor. Las horas se me hacen tan largas… Los minutos son caprichosos, se esconden y no quieren aparecer.

Parece que el mundo entero se hubiera confabulado para este clima. Hace tanto frío… Ni siquiera la lluvia, vieja amiga mía, viene al rescate. Hasta ella me deja sola.

Me siento como la tierra del desierto, inhóspita, estéril, con sus horas interminables ¡y tan despoblada!

Busco en mi interior algo que me ayude a empujar el tiempo. Duermo con los párpados abiertos, contando los segundos y acechando al amanecer.

No sé como terminar esto. ¡Soy tan cobarde! Rezo por que llegue su fin y siento una enorme desolación al entender que no será así.

Entonces empiezo otra vez con esta sensación de frío y soledad, a contar días, minutos y segundos, a tratar de encontrar sentido a este mundo, a desear que alguien más pueda sentir esto que yo siento y quizás, sólo quizás ese alguien pueda cruzarse en mi camino.


Sylvia Vera

Mayo 3, 2007

El Abismo


Por más que hacia un esfuerzo, no podía recordar como pasó, no lograba procesar esa maraña de acontecimientos en los que de repente se encontraba inmersa. Era una pesadilla de la que nunca despertaría.

Sentía un extraño mareo y un vago sopor, como si alguien le hubiera dado alguna sustancia extraña que su organismo no lograba procesar. No podía fijar la mirada en nada, todo le resultaba doloroso, hasta los objetos que carecían de todo interés la lastimaban.

Parecía envuelta en tinieblas, oía voces que escapan a su entendimiento; no podía comprender cómo esas voces parecían no notar nada, y sin embargo ella podía percibir cómo el mundo giraba a velocidades vertiginosas sin poder hacer nada por detenerlo.

Como un juego inocente, poco a poco la había sentido involucrarse en sus vidas, como la noche que va cayendo muy lentamente y que de pronto nos deja a oscuras, ahora formaba irremediablemente parte de sus vidas, con una oscuridad absoluta, sin una sola estrella que pudiera enseñarle el camino.

Diríase que podía sentir su aroma, oír su respiración y el latido de su corazón, mientras que su propia voz se ahogaba y su corazón se convertía en una caja vacía. No podía fijar la mirada en nada, ya ni siquiera quería pensar.

Su vida que había construido con tanto esmero, tan lenta y placenteramente en tantos años, se le iba escapando, como si fuera agua que se deslizara entre sus dedos.

¿Cómo lo supo? ¿Quién sabe? Quizás fue una chispa que se encendió en su mente pero en todo caso, eso ya no importaba, podía sentir cómo frente a sus ojos un abismo colosal se abría, invitándola a entrar en él.

No sabía que podría encontrar ahí pero ya no tenía nada que perder. Decidió dejarse llevar, caminó con decisión hacia el abismo y dio un paso en el aire.

No supo ya más, de repente se encontró cayendo muy rápidamente, casi de forma placentera. El vértigo empezó a dar paso a una sensación de bienestar absoluta. Era el comienzo del fin… una nueva paz. Trató de aferrarse a ella.


Sylvia Vera

Abril 30, 2007

Entrañas


Majestuosa ciudad imperial

de reyes, encajes y filigranas,

que deja escapar de entre sus balcones

dulce aroma de misterio y encanto.


Vas cubierta con tu delicado velo

de bruma y neblina

que cubre tu cielo

como un manto de suspiro extendido.


Guardas en tu memoria emociones empolvadas,

lisura y jarana,

llevando en tu seno la sonrisa suave

de abuelos cansados

que duermen en tus entrañas escondidos

entre el verdor de la hierba mojada,

cuidando tu tierra cual bravos guerreros.


Infancia añorada, recuerdos remotos

de tiempos perdidos que corren veloces,

dejando a su paso la ternura suave

de sus viejas manos de tul transparente

que apenas recogen sus huesos cansados.

Frágil piel que cubre más alma que cuerpo,

más sueño que vida.


Temblorosas, inseguras alas de mariposa

que con miedo se mueven,

dejando escapar el bocado,

evocan hazañas y glorias pasadas.


La vida y la muerte por imperceptible hilo

unidas se encuentran.


Helado silencio, amable recuerdo.

Jardín de alegrías y de eterno reposo.

No puedo mirarte fijamente a los ojos

sin sentir que tocas muy hondo en mi alma,

que mueves recuerdos, que traes mi infancia.


Deshabitadas moradas se llenan de magia.

Extraños rostros desaparecen

dejando a su paso sabor a nostalgia.


Congela mi mente y hiere mi pecho,

deseando el descanso y la paz que no tengo.

Disuelve rutina, trabajo y efectos

y me pide a gritos viajar al Eterno.


Sylvia Vera, a mis recuerdos de infancia y patria

Enero 21, 2002

El Juego


Poco a poco su mundo se había ido desmoronando. Como la gota que cae sobre la piedra consumiéndola lentamente. No podía recordar como ni cuando había empezado todo. El tiempo se detenía y volaba con la misma facilidad. Había perdido toda capacidad para disfrutar de la vida, para compartir libremente con otras personas. Veía enemigos por todos lados. Las sombras lo acechaban día y noche sin darle tregua.

Todo se había volteado. Quizás había ido sucediendo poco a poco. Quizás él debió estar más alerta y prevenir el engaño. Pero no lo había hecho. Había caído sobre su alma como el hacha del verdugo. Vanamente intentaba buscar una explicación.

No siempre fue así. Al principio eran tres construyendo una vida. Tres trabajando juntos para salir adelante, para levantar a sus familias y tener un futuro asegurado. Hombro con hombro, cada piedra de su empresa había sido puesta por todos... con el mismo afán, con la misma ilusión con que un niño arma su primer rompecabezas.

Después vino la crisis. Las ventas eran cada vez más difíciles. A veces había días enteros en los que no se vendía absolutamente nada. Otras, la gente ni siquiera entraba a preguntar. Entonces hicieron un esfuerzo juntos. Renovaron el lugar. Nueva decoración, más mercancía, publicidad. Todas las ideas eran bien recibidas y se sentía un ambiente de total camaradería.

Nada de eso mejoró la situación. El país estaba paralizado. Se hablaba de un golpe de estado y todos esperaban una fuerte devaluación. Muchos comercios empezaron a hacer grandes liquidaciones, como si se hubieran puesto de acuerdo. Ellos no... decidieron aguantar hasta que pasase el vendaval. ¿Porqué? Nunca lo pudo entender. Había sido el único en oponerse. Para él, era mejor retirarse a tiempo que afrontar una quiebra más adelante.

Fue la primera gran desavenencia. Quizás allí empezó todo... sí, debía ser así. Algo se fue resquebrajando... Al principio de manera imperceptible, luego... era como si una sombra maligna lo cubriera todo.

Un juego siniestro se fue gestando sin que él mismo pudiera darse cuenta. Poco a poco descubría nuevos robos, más falsificaciones, pequeñas estafas, pero no podía conectarlas directamente con ellos. Los tres parecían seguir compartiendo el rechazo hacia esos actos. Así, empezaron a atribuir las irregularidades a los empleados. Varios fueron despedidos. Ellos mismos se ocupaban del asunto... mostraban mucha celeridad. Pero algo en todo aquello le empezaba a producir un profundo malestar.

Nunca había pruebas y las circunstancias en que ocurrían los sucesos eran siempre tan extrañas... Siempre alguno de los socios descubría al ladrón o aparecía salvando lo poco que quedaba. En ocasiones hasta pusieron prestado de su bolsillo... para que la compañía no se paralizara decían.

En este punto se encontraba, totalmente desesperanzado, lleno de asco, rabia y desconfianza. Sentía una fuerte opresión en el pecho y una terrible sensación de angustia que no lograba quitarse de encima. Estaba encerrado en un círculo en el que voluntariamente había entrado... todo lo que quería era huir, escapar de aquello y recuperar un poco de su tranquilidad.

Hizo enormes esfuerzos por serenarse. Debía pensar, fijar una estrategia. Su cerebro se negaba a razonar. La depresión era muy fuerte. Sabía que debía cambiar de rumbo aunque eso significara dejar atrás toda una vida de trabajo... arrancar de su alma sus sueños y esperanzas para arrojarlos a la basura. Era tan difícil...

Como pudo se armó de valor. Debía seguir su rutina, aparentar que no sabía nada. Lenta y mecánicamente empezó a recopilar pruebas. Como un imán captaba datos sobre comisiones, cheques extraviados, mercancía no inventariada... ¡Eran tantas las irregularidades! No era tarea fácil. Debía estar en permanente estado de alerta. No podía perder detalle.

Pronto se sintió fuerte. Ya tenía suficientes armas con que combatir en esta lucha sin sentido. Llamó a su abogado de confianza. Circunstancias, eso era todo lo que él veía. Si, claro, había indicios de malos manejos que quizás pudieran comprometerlos pero no servirían de gran cosa ante una corte. Lo mejor era llegar a un arreglo. Sintió un terrible peso en el alma.

Mostrar sus cartas era perderlo todo y no estaba dispuesto a aceptar eso. No le quedaba otro camino que entrar en el juego sucio que solapadamente se había iniciado. Tuvo que jugar usando sus mismas armas.

Trabajó por la quiebra de la empresa con el mismo ahínco con el que había trabajado por levantarla. Fue desmantelando una a una cada piedra colocada, cada sueño invertido. Ellos no parecían notar nada. Estaban demasiado ocupados en lo suyo y no podían percibir cómo la anunciada quiebra iba entrando lentamente por la puerta principal.

Ya no quedaba más que una propiedad. Había llegado el momento de plantear el asunto. Vendiéndola podría cortar con el último nexo que existía y así salir de la trampa.

Descubierto el asunto, su reacción fue peor que su actuación. No entendían a qué venía tanto alboroto... no había ninguna irregularidad... había sido sólo un juego. Además, siempre se habían entendido tan bien pero ahora él estaba tan cambiado...

Al fin la propiedad se vendió. Logró recuperar buena parte de lo suyo. Ya no tenía nada más que hacer allí. Recogió los pedazos de su alma y se alejó de aquel lugar.


Sylvia Vera

Junio 21, 2001

La Rutina


Se sentía terriblemente hastiada, aunque no había motivo para ello. Su vida era tan lineal… reuniones, conferencias, entrevistas presentaciones… similares expresiones en todos los rostros. Y en casa… en casa no había caras que ver, sólo las mismas paredes vestidas con los mismos cuadros a los que ya veía con tedio.

Sin alegrías ni tristezas que cambiaran esa monotonía, transcurría día tras día, mes tras mes, año tras año, sin más diferencia que otra arruga o una cana más que cubrir. Era una mujer exitosa, brillante. Su empresa se había convertido en referencia obligatoria en el mundo de los grandes negocios. Era un hito en el mercado inmobiliario. Su solo nombre servía para vender cualquier propiedad.

Tenía todo lo que podía desear y más. Y sobre todo, gozaba de una libertad plena. No tenía que rendirle cuentas a nadie y sus únicas responsabilidades se centraban en su empresa y en ella misma.

Era la envidia de su círculo de amigas, quienes siempre debían estar pendientes de la comida, la vacuna del niño o las agobiantes tareas… ¡Qué felicidad no haber tenido que pasar por todo eso! Nunca lo había deseado. No podía verse a sí misma en el deprimente papel de ama de casa, esposa y madre abnegada. Su profesión fue siempre lo más importante. No podía, no quería sacrificar sus viajes de negocio, sus largas reuniones o la preparación de su próxima publicación.

Definitivamente esta era la vida que tanto había anhelado. El papel de madre le hubiera quedado apretado. Su vida era perfecta a no ser por ese amargo sabor que le dejaban su cumpleaños, la Navidad, el Año Nuevo… Hubiese querido borrar esos días del calendario, pero su poder no llegaba a tanto.

En esas fechas se revolvían en su interior sus más recónditos recuerdos de la infancia. Trataba de detenerlos pero llegaban implacables a su mente, haciéndola sentir sola y vacía. Sí, tenía que aceptarlo, su soledad la abrumaba. Quizás si se casara… Por primera vez en su vida, semejante posibilidad asomaba a su mente. Sí, eso era exactamente lo que haría. Pero no quería vivir como sus amigas. No tendría hijos. Eso estaría en el contrato.

Ahora que estaba decidida, había que buscar con quién. Había tenido muchos pretendientes, tantos que ya no podía enumerarlos. Pero ahora todos ellos estaban descartados. Los que no habían parecido un mal negocio en su momento, ahora estaban casados.

Debía tener mucho cuidado. Era una mujer rica e importante. Su pareja no podía lucir menos. Perfeccionista como era, anotó en un papel las cualidades que debería tener su futuro esposo. Empezó a observar a todos los posibles candidatos e hizo una lista de nombres. Uno de ellos sería el afortunado.

Su comportamiento varió sutilmente. Empezó a coquetear, a comprobar compatibilidades a través de pequeños flirteos. Algún periodista malintencionado asomó la noticia en los diarios. La diosa del reino inmobiliario buscaba esposo.

Ella no se inmutó. Ni siquiera se preocupó por desmentir la noticia. Sin perder la compostura, aprovechó el infeliz comentario para conocer más hombres. Su lista se había agotado y necesitaba buscar más prospectos. Hizo una nueva lista.

Poco a poco fue tachando a todos hasta que sólo quedó uno. Cumplía con casi todas las cualidades y requisitos anotados en su viejo papelito: adinerado, buen pedigree, atractivo… hasta era culto según había podido comprobar. Salieron unas pocas veces, las suficientes para decidir que sería un marido perfecto.

Era una mujer de decisiones rápidas, acostumbrada a conseguir todo lo que se proponía. Le planteó el asunto. Era algo prematuro… No, la idea no le desagradaba pero apenas se estaban conociendo…. Tendrían suficiente tiempo mientras se preparaba el gran acontecimiento.

Empezó a hacer los preparativos para el matrimonio. Un evento de esa magnitud requería de varios meses. Todo debía quedar perfecto. No debía descuidar ningún detalle. Le habló de la separación de bienes y también del contrato prenupcial. ¿Contrato?… ¿para qué un contrato? No debía preocuparse, ella se haría cargo de todo.

Dio las indicaciones del caso. Sus abogados tendrían que apurarse. Aún había muchos detalles por arreglar. Esto sería agotador. El contrato debía redactarse cuidadosamente. El novio empezaba a sentirse un poco incómodo. Más que una boda le estaba pareciendo que cerraba un negocio.

Los preparativos avanzaban rápidamente. Era una mujer eficiente. Los abogados de la novia querían saber si el novio tenía condiciones que incluir. No, no las tenía… no lo veía necesario. El borrador estaba casi listo. Los abogados del futuro esposo debían leer cuidadosamente todas las cláusulas.

El contrato… el novio simplemente no lo entendía. Para él la familia era muy importante, pero en el contrato decía…debía haber un error. Consultó a los abogados. No, no había error. La novia había dado instrucciones muy precisas.

El novio insistió. Seguramente los abogados habían malinterpretado las indicaciones de la novia... solía suceder. La buscó. ¿Qué quería? No podía entrar. La tradición decía que no podía ver a la novia con su traje de bodas.

Además tenía una reunión pero antes debía terminar de decidir sobre la lista de bodas y quería definir quiénes integrarían el cortejo. ¡Faltaban tantos detalles! ¿Hijos? ¿Qué hijos?

La novia lo miró incrédula. Ella no veía cuál era el problema. No, no estaba dispuesta a cambiar de opinión. ¿Porqué no firmaba el contrato y se dejaba de bobadas? No, no lo firmaría... La boda se cancelaba. ¡Pero si ya se habían entregado las invitaciones!

Desolada dejó de lado los preparativos. Debía pensar en cómo daría la noticia a la prensa. Se quitó el traje de novia y volvió a vestirse de empresaria.


Sylvia Vera
Junio 18, 2001

El Empleado


Siempre metido en sus libros: antiguas novelas, viejos cuentos llenos de polvo y fantasía. Iba y venía con su tesoro en un maletín del que no se separaba. Cuando tenía unos minutos de descanso, se le podía ver enfrascado en la lectura, devorando historias, totalmente abstraído. Ningún ruido podría haberlo sacado de su concentración. Diríase que vivía más metido en su lectura que en la vida misma.

Cuando no había tiempo para leer, los mantenía muy cerca de su cuerpo. A veces mientras resolvía algún asunto de trabajo, acariciaba alguno de ellos, como si de esa manera su magia pudiera tocarlo. Una magia que sólo le pertenecía a él. No dejaba a nadie acercarse a su tesoro, como si el contacto humano pudiera ensuciar su mundo fantástico.

Sus superiores no veían con buenos ojos estas rarezas. Pero no tenían nada que reclamar. Nunca dejaba trabajo pendiente y sin embargo… De alguna manera él los hacía sentir en un segundo plano, como si nada ni nadie importara en aquel lugar.

Parecía que asistía mecánicamente, como movido por una ínfima parte que lo conectaba con el mundo exterior. Como un enchufe invisible que lo hacía funcionar, permitiéndole cumplir cada una de las actividades que le encomendaban… las mínimas posibles. Llegaba siempre puntual. Participaba en las reuniones a las que era citado. Llevaba su agenda en forma impecable. No se iba si faltaba algo por hacer. Nunca hubo necesidad de llamarlo a su casa pero…

Al principio esta forma impecable de trabajar era lo que más les había gustado. Era fabuloso tener a un empleado que nunca faltaba y que cumplía perfectamente su trabajo, sin distraerse y sin quejarse. Poco a poco fueron dándose cuenta de que en realidad no era interés ni concentración. Su forma de actuar era la de una máquina… excepto cuando abría su maletín. Su contenido era lo único que despertaba su interés.

Fastidiados, los jefes lo llamaron aparte. No podía seguir trabajando pegado a ese bulto. Claro que podía traerlo pero debía dejarlo en su oficina, especialmente cuando había reuniones. La gente murmuraba sobre su conducta. Tenía que entender…

El hombre no se inmutó. Solicitó unos días a cuenta de sus vacaciones. Pensaron que buscaría otro trabajo. No fue así. Volvió con la misma actitud de antes… esta vez llevando una pequeña caja metálica. Al principio no entendieron qué podía contener, pero el trato dado era el mismo que al viejo maletín.

Lo observaron atentamente. La caja contenía varios diskettes para computadora. Dedujeron que debía haber pasado a ellos buena parte de la información de sus libros. Esperaron unos días. Como esta vez dependía de una máquina, a lo mejor los terminaba dejando. Pero el hombre no se desprendía de ellos. Tocaba la cajita como para asegurarse de que seguía allí y acariciaba cualquier diskette al azar.

Volvieron a llamarlo. No querían parecer quisquillosos pero lo de la cajita era aún más raro que lo del maletín. No había entendido lo que se le había indicado. No debía traer ni maletín, ni cajita, ni carpeta ni nada.

Nuevamente el hombre se mantuvo imperturbable. Solicitó más días a cuenta de sus vacaciones. Los jefes se preguntaban si esta vez podrían dar por terminado el asunto. Si… parecía que sí.

Sin bulto ni caja el hombre regresó a trabajar como si nada hubiera cambiado. La única diferencia estaba en su forma de vestir. Llegaba siempre con una chaqueta que no se quitaba en todo el día, aún con el calor más insoportable. Lo observaron como si estuviese debajo del microscopio. Lograron ver que llevaba un disco compacto de datos. No estorbaba, no se veía extraño, no despertaba murmuraciones. Pero se sentían burlados. Era una cuestión de honor.

Por tercera vez fue llamado. Esta vez no hablaron. Sin advertencia alguna, le abrieron la chaqueta y tomaron el disco antes de que el hombre pudiese reaccionar. Lo destruyeron. Luego le pidieron que volviera a su trabajo. Esta vez habría entendido bien el mensaje.

El hombre permanecía como anclado al piso. Estaba extremadamente pálido y parecía tener dificultad para respirar. Apenas podía moverse. Dando tumbos, casi sin poder controlar sus propios movimientos, logró regresar al trabajo. Hizo enormes esfuerzos por concentrarse pero sentía como si los resortes de su mente hubieran saltado en desorden. No lograba coordinar sus ideas. Cayó al piso y por unos segundos perdió el sentido. Cuando logró recuperarse, salió como pudo de aquel lugar sin volver a mirar atrás...


Sylvia Vera

Junio 13, 2001

El Incendio


Muchos años habían pasado desde que se alejara de aquel lugar, de aquella gente… y ahora que veía la reseña en los diarios, no podía evitar sentir que todo se le revolvía por dentro. Nunca pensó volver a saber de ellos. Todo cuanto había sucedido había sido demasiado doloroso y ahora…

Realmente no tenía porqué ocuparse de ello. No era asunto suyo. Bien podía pasar la página y leer la siguiente noticia, pero esas imágenes lo habían transportado hacia su propio pasado, tres años atrás… cuando esa gente importaba en su vida, cuando su mundo giraba en torno a ellos, hasta que supo lo del robo.

Entonces nadie le había creído, pero ahora con lo del incendio… Estaba seguro de que no era un accidente. La empresa no funcionaba bien, posiblemente nunca fue un buen negocio y ahora valía más quemada. Si, estaba seguro de que el incendio había sido provocado.

Su mente estaba en blanco. ¿Qué hacer?. No tenía sentido ir a la policía para decirles que tenía un pálpito. A la policía no le gustaban los pálpitos… y no tenía pruebas. Además eran gente de dinero y podían comprarlo todo…

¡Si sólo hubiera sido la casa! Entonces no hubiera importado, aunque se saliesen con la suya y cobrasen el seguro. Pero esa pobre gente… ¡Era horrible! No podía dejar de pensar en los trabajadores, víctimas inocentes.

Empezó a tener pesadillas. Podía ver a esos hombre y mujeres llagados y sangrantes, con trozos de carne chamuscada colgándoles mientras se arrastraban hacia él, implorándole que hablara. Tenía que sobreponerse. No podía pasar por ese infierno por segunda vez. Se hizo el propósito de olvidarlo, de no pensar más en ello. Debía seguir con su vida.

Pocos días después nuevas noticias. La compañía de seguros solicitaba que se abriera una investigación. Podía ser un caso típico de sabotaje y la cosa era grave. Había muchos muertos. Los dueños podían ir presos por el asesinato de los empleados.

¡Dios mío, haz que aparezcan las pistas! !Que esto no quede impune! Trató de recobrar su tranquilidad pero las pesadillas eran recurrentes. Diariamente se levantaba muy temprano y compraba todos los periódicos.

No encontró en ellos nada que mejorara las cosas. Al contrario, podía sentir la presión invisible sobre la opinión pública. Muchos personajes de altura en la elite social y política escribieron artículos o fueron entrevistados. Sus declaraciones tenían siempre el mismo corte. Era un desatino lo que la policía estaba haciendo: señalar a personas tan respetables de la sociedad. ¿Porqué no se ocupaban de la delincuencia?

Hasta las familias de los trabajadores, llenos los bolsillos, declararon que los patronos eran muy buenos, los habían ayudado mucho. En cambio la policía… ella no hacía nada por proteger al pueblo, por eliminar a los azotes de barrio.

Se acercó a la jefatura. Le habían dado el nombre de un funcionario que no era corrupto. Pidió cita y solicitó hablar en privado. El hombre escuchó sin interrumpir. Silencio. Por fin el funcionario habló. Había oído de su caso hacía tres años. Entonces no se había armado tanto alboroto, pero tampoco ahora tenían pruebas. La policía trabajaba con hechos. Hacían cuanto podían. Había que esperar.

Lo mandaron a su casa. Tenía que dejar las cosas en manos de la policía y de la justicia. Además, una acusación sin pruebas podía acarrearle muchos problemas. Pudiera ser él quien terminara preso, había dicho el funcionario. Esta era gente muy influyente. Se fue descorazonado. No podía hacer más. Una gran impotencia y una terrible desolación lo invadían.

Pocos días después leyó en los periódicos. La policía había encontrado pruebas. El incendio había sido producido por el descuido de un empleado, pero el hombre había muerto. Se había rehusado a declarar. Estaba armado, había intentado huir... murió en el tiroteo. El caso se cerraba. La compañía de seguros procedería con la indemnización.


Sylvia Vera

Junio 13, 2001

El Escritor


Ningún pensamiento real en su mente... nada que lo conectara con el resto del mundo. Su cerebro era como una gigantesca naranja que alguien estuviera exprimiendo. Con cada cuento terminado se iba vaciando lentamente. La realidad se le escapaba y en su lugar un mundo de fantasías y hechizos, de personajes irreales y lugares fantásticos lo iban invadiendo lentamente.

No podía dejar de escribir. Una fuerza más poderosa que él lo obligaba, doblegando su voluntad, impidiendo que pudiese volver alguna vez a la realidad. Así, hilaba un cuento con otro, sin saber exactamente donde empezaba uno o terminaba el siguiente, hasta que al caer la noche quedaba exhausto.

Ya no le quedaban amigos. Enfrascado como estaba en su mundo irreal, no sentía los ruidos del mundo exterior así que no abría la puerta ni contestaba el teléfono. Su mujer hacía inútiles esfuerzos por sacarlo de su marasmo, pero apenas lograba hacerlo comer o dormir.

Con el sueño la cosa no mejoraba. No reposaba. Su mente era un hervidero de personajes, de ideas y situaciones fantásticas. Entonces tomaba una hoja y su vieja pluma y hacía fluir a través de ella un torrente de imágenes literarias. Como en un trance, seguía escribiendo mientras un mar de papeles llenos de una letra menuda se apilaban a un lado.

Alguna vez su mujer, a fuerza de insistir, había logrado sacarlo de la casa. Pero bastaba cualquier imagen sin aparente importancia para que el hombre, ensimismado, empezara a gestar nuevas ideas. Entonces escribía en cualquier parte y no quedaba otro remedio que darse por vencida y volver a casa. Las pocas veces que esto sucedía, la fiebre de escribir parecía invadirlo con más furia.

Llegó el momento en que la buena mujer se cansó. No podía seguir llevando esta vida anormal, junto a un loco que apenas sabía que ella existía. Preparó sus cosas y fue a despedirse de él. Por apenas unos instantes el hombre recobró su lucidez, pero la situación le inspiraba nuevas historias y no podía detener su mano. Sin despedirse de ella, se dio la vuelta y volvió a sus papeles. Invadida por una profunda tristeza, la pobre mujer se fue.

Dos días habían pasado y el hombre en su delirio no se había acordado de comer ni de dormir. Estaba flaco y demacrado. En pocas horas la fiebre de escribir había adquirido matices de realidad. Su cuerpo fue invadido por una serie de temblores. Sudaba copiosamente y no podía fijar la mirada.

Movido por estas nuevas sensaciones, el hombre retomó sus escritos, esta vez con más furia. Mas que nunca puso toda su mente y corazón en su pluma. Pasó toda la noche sin detenerse ni por un instante, como movido por invisibles resortes. Apenas podía sentir su mano. La fiebre iba aumentando. Sentía que en cualquier momento perdería el conocimiento. Hizo un último esfuerzo. Unas líneas más y terminaría.. Cuando hubo volcado todo lo que tenía dentro, expiró...


Sylvia Vera

Junio 12, 2001

El Dragón de Chatarra


Era tímido, excesivamente tímido. Más de lo que cualquiera podría imaginar. Un hombre demasiado simple, con una vida gris. Pasaba desapercibido en todo momento y realmente él no quería otra cosa. Su vida era muy tranquila… casi todo el tiempo. Se levantaba muy temprano, antes que el gallo, a bañarse, vestirse, tomar un ligero desayuno. Nada de leer el periódico, aunque lo recibía diariamente. No tenía tiempo. Debía salir de madrugada, antes de que el ruido de la ciudad despertara a la bestia.

Después de esta pequeña rutina, venían el sudor frío y los temblores. Entraba muy calladito a la cochera. A esa hora el Dragón todavía dormía. Apenas un leve tintineo de llaves para abrir la portezuela pero sin siquiera cerrarla: primero debía colocar la llave en el encendido.

El Dragón era muy dormilón… afortunadamente, porque de eso se valía nuestro pobre amigo para abordarlo aunque no sin temor. Le encantaba correr a toda velocidad, comerse los semáforos y pasar por donde era prohibido. Su mayor diversión era lograr que la policía lo persiguiera… lo cual no era difícil. Pero siempre se las arreglaba para deshacerse de ellos, a pesar de los desesperados intentos del hombre por mover el volante en la dirección correcta o por intentar frenar cuando las sirenas sonaban con loca desesperación detrás de él.

No contaba esto a nadie. Podrían pensar que era un demente... no, no podía hacerlo. Se limitaba a pagar la multa sin decir palabra. Ya lo conocían, porque las amonestaciones eran regulares. No se las daban personalmente, eso era imposible. Pero el envoltorio amarillo era demasiado familiar, como también lo era su contenido. Entonces tomaba un autobús e iba a la Inspectoría. La cajera no podía creer que aquel hombre de aspecto tan tímido pudiera merecer tantas multas. Pero no preguntaba.

Todos los días se repetía el vértigo de ese viaje sin ruta definida. Sólo cuando a la bestia estaba a punto de acabársele la energía, ésta parecía tranquilizarse. Ella sabía que dependía de él para recuperarla. Además, le divertían sus reacciones, sabía que a este punto él estaba asustado a morir. Era entonces cuando el hombre podía acercarse, temblando, a un pequeño estacionamiento no muy cerca de la oficina. Necesitaba esa distancia para calmarse, caminar muy lentamente e ir recobrando su serenidad habitual.

Todos se extrañaban de porqué, teniendo carro, el hombre caminase casi seis cuadras para llegar a su trabajo y más aún, no lo utilizase para ninguna otra cosa. Alguna vez algún compañero se animó a preguntarle, pero su vaga respuesta y sus balbuceos de idiota sirvieron para que nadie más se interesara en el asunto.

Al salir del trabajo, la cosa era distinta… sólo al principio. El Dragón parecía tener agotadas sus energías y se mantenía como adormecido por el calor. Era hora de su recarga y debía mostrarse dócil hasta llegar a la estación de gasolina. Aún así, él le tenía terror y le costaba mucho reunir el valor que necesitaba para iniciar su camino de regreso a casa.

Pero primero, la parada obligatoria en la estación de servicio. Revisión de agua, aceite, aire y una pequeña recarga de combustible: sólo un cuarto de tanque… no tenía mucho dinero. Su trabajo de oficinista no le permitía gastar tanto. Después, ya era tiempo de regresar a casa.

El regreso era peor. A esa hora, la ciudad era una maraña de carros y la gente parecía enardecida por el cansancio y el hambre. Este era el momento preferido por el Dragón porque a esa hora, el hombre estaba aún más asustado que en la mañana. Tenía miedo de chocar, o peor aún, de hacerle daño a alguien. Pero esto nunca sucedía; el Dragón se cuidaba mucho de ello. No por altruismo ni mucho menos por miedo. En realidad era porque intuía que si sucedía, el hombre no le recargaría sus energías perdidas y era capaz de caminar hasta el trabajo.

Pero ese día algo pasó… el Dragón no calculó bien la distancia que lo separaba de ese gran muro de paja. Y hubiera podido seguir en su loca carrera de no ser porque la paja al soltarse del montón, no le permitió orientarse bien. Por primera vez en su vida, Dragón frenó bruscamente, pero aún así sintieron el golpe.

Algo se rompió y la bestia no pudo seguir moviéndose. Fue una bendición, porque el hombre sentía un espantoso dolor aunque no podía precisar en qué parte de su cuerpo. Llegó la ambulancia y estuvo unos días en el hospital. Le notificaron que su vehículo estaba retenido por la Inspectoría de Tránsito y que para recuperarlo tenía que solicitarlo y pagar más multas.

No quería ver a los ojos de esa temible bestia… ni sentir el reclamo de sus enormes faros exigiéndole que lo reparase para volver a llevarlo diariamente a su trabajo. ¡Volver! Le dio terror tan sólo pensarlo.

Sabía perfectamente lo que tenía que hacer, o al menos eso creía. Tenía miedo de que volviese a ocurrir, miedo de volver a abordar a aquel monstruo. Sabía que no tendría dinero para comprar otro. Eso significaba que se pasaría el resto de su vida viajando en autobús para ir al trabajo y lo mismo para volver a casa. Pero su miedo fue más fuerte.

Los días transcurrieron con demasiada tranquilidad. Nada sucedía. Las cosas no eran tan buenas como él lo había imaginado. Pensó que al olvidarse de la bestia sus problemas se acabarían pero no fue así. Un buen día, al pasar por el pasillo de ascensores de la gran torre, se detuvo por primera vez. Se horrorizó al descubrir a aquel extraño usurpando su imagen. No podía ser él… y sin embargo lo era. Un viejo cansado, demacrado y lleno de canas. Era más que gris... su imagen le hablaba de un hombre que estaba desapareciendo, convirtiéndose en una espesa sombra negra.

Después del primer impacto pudo salir de su aturdimiento. Sólo entonces consiguió entender... darse cuenta de que las únicas emociones que había sentido en los últimos años eran esos locos paseos con el Dragón. La bestia, a su manera le había proporcionado la única alegría a su gris existencia.

Tomó una decisión. Fue a la Inspectoría de Tránsito y reclamó su vehículo. Le costó una fortuna. Tuvo que pedir prestado a su padre que le dio el dinero más por remordimiento que por amor filial.

Pero al fin lo obtuvo. Reclamó el vehículo. Casi no pudo reconocerlo, parecía sólo una masa amorfa. Buscó desesperadamente sus faros. Fue la primera vez que se miraron. Se reconocieron con muda alegría.

El hombre le devolvió su aspecto y la bestia le devolvió al hombre su vida. Ya no se levantaba temeroso del Dragón... se levantaba muy temprano, antes que el gallo para correr sus locas aventuras, con una nueva intensidad. Y después de varias horas de trabajo, miraba su reloj con impaciencia, esperando que las manecillas le indicaran la hora de salida.

No fue más el hombre gris que interrumpía su jornada diaria con paseos de pesadilla. Había aprendido a disfrutarlo y a vivir una nueva vida.

Sylvia Vera, al dragón que vive en mí

Marzo 10, 2001

El Angelito más Pequeño...


Todas las tardes Dios salía a pasear por los caminos y jardines del cielo en compañía de sus angelitos. A ellos les encantaba jugar con las estrellas, pasar debajo del arco iris y lanzarse motitas de nubes. Había entre ellos un angelito más travieso que los demás, Natalia, a quien le encantaba inventar nuevos juegos divertidos.

Este día el paseo estaba resultando como siempre: divino. Todos los angelitos jugaban tranquilamente y Natalia no había hecho travesuras. Dios pensó: “Hoy es un día tranquilo, no necesito vigilar a mi angelito consentido porque se está portando muy bien, así que puedo descansar un poco”.

Natalia se quedó mirando al arco iris y pensó: ¿y si me deslizo por él? Y así lo hizo. Fue entonces cuando cayó a la tierra y llegó a casa de mamá. Cuando mamá lo vio, sintió una emoción muy especial, no pudo resistir la tentación y se quedó con el angelito.

Cuando llegó la noche, Dios les dijo a sus angelitos: “vamos pequeños, ya es hora de dormir” y empezó a acostarlos de uno en uno. Cuando terminó, ¡horror! ¡Había una nubecita vacía! Faltaba Natalia, su angelito más pequeño, el consentido. Lo buscó desesperadamente pero no lo encontró en el cielo.

Fue entonces cuando decidió buscarlo en la tierra. Y como Dios lo sabe todo, no tardó en encontrarlo en casa de mamá. Cuando lo vio, mamá lo tenía acurrucadito, dándole su tetero al tiempo que le cantaba suavemente:

Duérmase mi niña, que tengo que hacer: lavar los pañales, irme a coser...

Duérmase mi niña, que tengo que hacer: lavar los pañales, hacer de comer...

Esa niña quiere que la duerma yo, que la duerma mami, que la parió...

Esa niña quiere que la duerma yo, que la duerma mami, que la parió...

Dios se dio cuenta de que mamá no podría vivir sin su angelito y decidió dejarlo con ella. Y desde ese momento hay una niñita angelical que vive en la tierra y que acompaña a mamá mientras ella le canta:

Duérmase mi niña, que tengo que hacer: lavar los pañales, irme a coser...

Duérmase mi niña, que tengo que hacer: lavar los pañales, hacer de comer...

Esa niña quiere que la duerma yo, que la duerma mami, que la parió...

Esa niña quiere que la duerma yo, que la duerma mami, que la parió...


Para Natalia con amor de mamá

Noviembre 13, 1998

Un Dibujo para Dios


El cielo estaba lleno de paisajes hermosos, hechos de cosas especiales y Dios disfrutaba mucho de todas ellas. Y es que a Él le gusta rodearse de cosas bellas: por eso las colecciona. Tiene una cama hecha con hermosas nubes, su lámpara está hecha con un arco iris deslumbrante, el techo con estrellas de todos los tamaños y su alfombra con flores de todos los colores. Pero en sus paredes, no había un dibujo que le resultara especial.

Un día, mientras sus ángeles le ayudaban en los quehaceres diarios del cielo, como sacudir las nubes, barrer el arco iris, pulir las estrellas y regar las flores, bajó a la tierra, decidido a buscar un dibujo especial.

Preguntó por los mejores artistas y visitó todos los museos. Sabía que allí encontraría cosas maravillosas pero ninguna tenía la pureza, la sencillez y la magia del dibujo que Él necesitaba.

Sabía que los niños son el mayor tesoro de la tierra porque Él mismo los había creado así. Por eso decidió olvidar los museos y los grandes maestros y empezar a buscar entre los niños a uno que dibujara con todo el amor que había en su corazón y con toda la riqueza que había en su alma.

Fue entonces cuando vio a Adriana, una niña de ojos brillantes y mirada muy dulce y le preguntó si querría hacerle un dibujo que Él pudiera llevarse al cielo. La niña, que amaba dibujar y pintar le dijo que sí. Tomó una hoja blanca y su cajita de colores y se puso a trabajar. Cuando terminó, le dijo a Dios: “este dibujo está hecho especialmente para ti, es mi regalo” y se lo entregó.

Dios se dio cuenta que había encontrado lo que buscaba. Tomó el dibujo y le dijo a la niña: “me has dado un regalo muy especial. Sé que mientras trabajes con la magia del amor, nunca perderás esa sensibilidad de niña que tienes y así crearás cosas cada vez más maravillosas”.

Acarició a la niña, le dio las gracias y regresó al cielo donde puso el dibujo entre las cosas más lindas que tenía. Hoy Dios tiene un dibujo que adorna su habitación y hay una niña muy especial en algún lugar de la tierra que de cuando en cuando hace un dibujo lleno de magia y de amor.


Para Adriana con amor de mamá

Noviembre 13, 1998