
Majestuosa ciudad imperial
de reyes, encajes y filigranas,
que deja escapar de entre sus balcones
dulce aroma de misterio y encanto.
Vas cubierta con tu delicado velo
de bruma y neblina
que cubre tu cielo
como un manto de suspiro extendido.
Guardas en tu memoria emociones empolvadas,
lisura y jarana,
llevando en tu seno la sonrisa suave
de abuelos cansados
que duermen en tus entrañas escondidos
entre el verdor de la hierba mojada,
cuidando tu tierra cual bravos guerreros.
Infancia añorada, recuerdos remotos
de tiempos perdidos que corren veloces,
dejando a su paso la ternura suave
de sus viejas manos de tul transparente
que apenas recogen sus huesos cansados.
Frágil piel que cubre más alma que cuerpo,
más sueño que vida.
Temblorosas, inseguras alas de mariposa
que con miedo se mueven,
dejando escapar el bocado,
evocan hazañas y glorias pasadas.
La vida y la muerte por imperceptible hilo
unidas se encuentran.
Helado silencio, amable recuerdo.
Jardín de alegrías y de eterno reposo.
No puedo mirarte fijamente a los ojos
sin sentir que tocas muy hondo en mi alma,
que mueves recuerdos, que traes mi infancia.
Deshabitadas moradas se llenan de magia.
Extraños rostros desaparecen
dejando a su paso sabor a nostalgia.
Congela mi mente y hiere mi pecho,
deseando el descanso y la paz que no tengo.
Disuelve rutina, trabajo y efectos
y me pide a gritos viajar al Eterno.
Sylvia Vera, a mis recuerdos de infancia y patria
Enero 21, 2002
